domingo, 15 de marzo de 2009

"Erika. Voy a casarme."

Malditos sabelotodo repelentes aquéllos que no saben de qué hablan y a pesar de ello hablan por los codos. Dan vueltas y vueltas y vuelven al punto cero y desde ahí parten hacia otro sentido y vuelta a empezar.
- ¿Dónde estaba?
- Dando vueltas.
- ¿Cómo?
- Perdona, estaba pensando…
- Hablando de la salsa agridulce, no entiendo cómo no la ponen en todo. Yo podría vivir sólo de salsa agridulce; salsa agridulce para desayunar, salsa agridulce para comer, salsa agridulce… - desconecté en la merienda cuando reparé en que me estaba salpicando las solapas de la blusa con una puñetera gamba empapada en salsa agridulce. Pensé en un cerdo en salsa agridulce, enterito con manzana en boca, y su cara en la cabeza del puerco, sonreí y él se emocionó (error). Eva debió advertirle de que odio los chinos. Y yo debí advertir a Eva de que odio a los muermos amantes de la salsa agridulce, megalómanos, neuróticos y con pelos en las orejas, aunque en mi defensa debo alegar que ni por asomo me imaginaba que tendría el tino de organizarme una cita a ciegas con el mismísimo engendro del Diablo.
- Perdona pero creo que…
- Y salsa agridulce para cenar…
- Tengo que ir a…
- Y salsa agridulce a media noche…
De un brinco histérico me puse en pie y derramé la salsa agridulce sobre su pantalón. Así que salí corriendo antes de presenciar el orgasmo amarillo. Seguro que eso era lo que venía a continuación de la “salsa agridulce a media noche”… Espeluznante, en serio. Tuve tres escalofríos en el taxi de vuelta, y estábamos a veintisiete grados.
Malditos pijos malcriados incultos y engreídos, que no articulan palabra porque simplemente no tienen nada que decir. Piel y cerebro bronceados y resecos. El segundo hijo de Satán era el tío más aburrido de la oficina de Sergio, patológicamente adicto a los silencios incómodos y a los tocamientos por debajo de la mesa. Me sorprendí preguntándome hasta qué punto podría odiarme Sergio. Luego pensé en lo mucho que me apetecía probar la tarta de manzana que disfrutaba la señora de la mesa de al lado, pero la gula fue aplastada por mis infinitos deseos de largarme de allí. “¿Cuánta gomina puede ponerse alguien de una sola sentada?” dudé mientras esquivaba su náutico reluciente. Estaba empezando a quedarme sin posturas en esa incómoda silla, así que como se le ocurriera rondar mi espacio vital una sola vez más, no tendría otra opción más que darle una patada en sus reales aznarillos. Cuando por fin reparé en que nuestro mudo diálogo podría durar para siempre, decidí que lo mejor para mi salud mental era relajarme y dejar de buscar en los recovecos de mi cerebro insípidos temas de conversación, aquéllos a los que uno desesperadamente recurre en momentos de emergencias comunicativas como ésa, aquéllos del tipo “Háblame de tu infancia” o un siempre útil “Qué tiempo más loco, ¿eh?”, ya que el joven “Demian” no parecía demasiado incómodo en la situación en la que nos encontrábamos. Un par de siglos más tarde, cuando el camarero trajo la cuenta y yo había entrado en rigor mortis, mi cita me dirigió un amable “Vamos, te llevo a casa”, y yo pensé que bueno, para ser la primera y única frase que había enunciado durante toda la velada, había estado bastante acertado, y se me ocurrió que quizás, entre tanto silencio había conseguido oírme las ideas. Craso desacierto cuando me llevó a su casa en lugar de a la mía, equívoco que me obligó a perder un tacón y pagar otra larga travesía en taxi. Una vez en la cabina, me pregunté cómo no pude esperármelo después de las caricias náuticas en el restaurante y los toqueteos de rodilla en el coche, así que le conté toda la historia al taxista quien me recomendó que matara a mis amigos porque según él “los problemas hay que cortarlos de raíz”.
- Y yo que os llamaba amigos…
- Venga Eri, tampoco sería tan aburrido…
Lo atravesé con mi mirada de “tú no estabas allí así que cierra esa bocaza”.
- ¿Y por qué no te gusta la salsa agridulce? ¿Qué tiene de malo la salsa agridulce? – me temo que Eva no comprendía la gravedad del asunto. Eva adora los restaurantes chinos y todo lo que hay en ellos, y se sintió indirectamente ofendida ante mis innumerables quejas, quizás no tanto por el tema culinario como por el hecho de la pérdida de tiempo que supuso encontrarme a ese Adonis monotemático, lo cual es totalmente falso puesto que se topó con él en la cola de un (sorpresa…) Wok y en seguida le habló de mí.
- ¡Pues cásate tú con el de la salsa agridulce de las narices!
No puedo culparlos. Mis amigos sólo quieren mi felicidad. Imaginé que en el fondo de sus corazones les preocupaba que me hubiese transformado en un monstruo exigente y arisco, desalmado y sentenciador, incapaz de dar segundas oportunidades a cualquier pobre diablo que cometa el error de meter la pata en una primera cita. Y la verdad es que no sólo era cierto, sino que el problema era aún peor, porque esas exigencias que proyectaba sobre todos aquellos desamparados candidatos eran imposibles de cumplir, ya que el defecto que todos ellos compartían era uno sólo, pero imperdonable: ninguno de ellos eran mi Jose, y no tendrían nada que hacer conmigo mientras no lo fueran.
Sergio me miró con ojos compasivos y yo leí la lástima en sus pupilas. Me fijé más, y tras la lástima pude ver mi reflejo en ellas. Eva murmuraba algo al oído de mi hermana Gádor, que negaba con la cabeza y los ojos entornados, como pronunciándose en contra de otra extravagante confabulación en busca de mi prosperidad.
- ¿Qué tramáis?
- ¡NADA! - soltaron al unísino.
- Eri, por favor, tienes que sacártelo de la cabeza. Va a casarse ¿lo entiendes? Está enamorado de otra. Nunca te ha querido. Abre los ojos de una vez, ¡sal y que te dé el sol coño! – mi dulce hermanita pequeña, recuerdo cómo me mandaba a llorar a mi cuarto cuando me dejó mi primer novio. Y pensar que era todo un mero escudo para protegerse de mi angustia, ya que sufría mucho por mí y verme mal la consumía. Un día de llanto desconsolado irrumpió en mi habitación de un portazo y me ordenó que saliéramos, no sin antes arrancarme (literalmente) el pijama, prenda de la cual no me había desprendido (literalmente) en dos meses. Cansada de mi renovado dolor, a su agresivo estilo intentaba sacarme del agujero. La típica gran amiga que te pega dos buenos guantazos cuando estás histérica, o que te pellizca el brazo cuando te vas por las ramas. Ésa es mi Gádor, y la adoro por ser así.
Yo cogí la jarra de cerveza a dos manos y me la incrusté en la cara con el fin de atenuar los graznidos de mi hermana, y me abstraje observando a las personitas amarillas y burbujeantes que aparecían detrás de mi cerveza. Entonces encuadré la cara de Sergio y aprecié cómo su expresión cambiaba. Las niñas de sus ojos ya no estaban tristes sino pasmadas, y él parecía exaltado, intranquilo.
- Sergio puedes ir al servicio, no voy a suicidarme…
Permaneció en silencio, perdido en el horizonte, se tornó pálido y sus ojos se redondearon de una forma extraña. Me disponía a sacarlo del trance con un chasquido de dedos cuando advertí que en realidad su mirada no se había extraviado sino que, todo lo contrario, se había postrado sobre algo que permanecía tras de mí. Y cuando Gádor y Eva dejaron de cuchichear para unirse al incómodo y desconcertante silencio de Sergio, en ese momento comprendí que ese algo que permanecía fuera de mi vista, no podía ser otra cosa más que Jose con su prometida.
Por acontecimientos como éste una prefiere quedarse encerrada en casa, en pijama, comiendo chocolate y viendo El Diario de Bridget Jones, una y otra vez, hasta acabar “devorada por pastores alemanes”…
No fue muy agradable la sensación de vomitar cerveza por la nariz pero menos agradable fue el hecho de que Jose presenciara el espectáculo, y aún menos que su noviecita soltara una carcajada de hiena cuando me vio hacerlo. Tiendo a volverme enfermizamente patosa ante situaciones estresantes, y en ésta tenía todas las papeletas para acabar sufriendo un accidente mortal. Lo de la cerveza había sido tan solo un aviso.
- Vaaale Erika, tú ganas, puedes echar cerveza por la nariz… Aquí tienes tus veinte euros… - intento desesperado de Gádor por salvar mi autoestima. Amor incondicional, lo que yo decía.
- Me ha visto, ¿verdad?
- Cariño, te ha visto todo el puñetero país.
Me limpié con una servilleta que me tendió Eva después de secarse sus empapados rizos morenos. La pobre estaba sentada frente a mí y se había llevado la peor parte. Me levanté orgullosamente del taburete y me coloqué la falda en su sitio.
- Nos vamos, YA.
Todos sabían que ese hecho iba a suponer un paso atrás en mi duelo. Que iba a desaparecer durante otros dos meses sin dar señales de vida y que no podrían hacer nada por evitarlo. Pero por mí, por su amiga herida, se incorporaron, y me escoltaron hasta la entrada. Y conforme salía el tiempo se enlenteció, y nuestras miradas se cruzaron, pero él no dijo nada. Sólo apretó la mano de ella contra su pecho, como dándome un adiós definitivo con un doloroso puñal. Lo que para mí era un presente punzante, para él no había sido más que una historia quemada después de leer, y para ella, bueno, para ella nada había cambiado. Iba a casarse con su hombre, que siempre la había amado y que siempre la amará.
... Jose salió de la cama sin decir nada, desnudo, puntilleando el suelo con sus dedos descalzos y la sábana bien amarrada. Abrió el balcón con sigilo y se encendió un cigarro. Escuché cómo el papel se consumía y cómo el humo brotaba de su nariz, sensual, e imaginé cómo entornaba los ojos cuando ascendía por su rostro la tóxica polvareda. Acariciaba su barba inclinado sobre la barandilla, señal de perturbación, mientras los rayos de la luna enmarcaban su cuerpo y la humareda le envolvía, y pensé en lo agradable que era el poder contemplarle desde esa perspectiva.
- ¿En qué piensas, fumador furtivo?
- Erika. Voy a casarme.
El recuerdo de esa noche me golpeaba la nuca incesantemente, como un vórtice violento, y me estrangulaba el estómago y el corazón y le impedía latir. “Mira adelante Eri, mira adelante.”
- … esta imbécil hablando de hijos de Satanás y está colgada del verdadero Lucifer.
Y entonces lo comprendí. Se habían esfumado. Los malos pensamientos, la melancolía. ¿Los habría expulsado a ellos también por la nariz? En el momento en que me di cuenta de que, en realidad, me alegraba por él pero me sentía tremendamente triste por ella; en el momento en que me juzgué más culpable que abandonada; en el momento en que volví a aprender a quererme y respetarme, y pude reunir fuerzas para decidir acabar mis días con un hombre que, sin engaños, de verdad me amara… En ese momento me desprendí de mi yugo, y pude al fin caminar en paz.

2 comentarios:

  1. Saludos guapa:
    No sabia si comentar o no, porque no he visto ningun comentario, asi que no se si esque la gente no se atreve, o simplemente que teneis un pacto de "no comentar". Si es asi, disculpa y borralo en cuanto lo veas!
    Si no, solo decirte que escribes fabulosamente bien, en serio, me has dejado muy muy sorprendida. No se si cuentas tu vida real, o la mezclas con ficción, pero sea como sea, sabes como hacer que nos identifiquemos contigo, que sintamos lo mismo que tu.

    Muchas felicidades por tu recien decubierto (por mi) talentazo.

    Besos

    Angelines

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  2. Oh, Dios! Jamás pensaba que podría producir en tí semejante tormenta de sentimientos... Aunque, claro, supongo que Joses hay muchos, jeje...
    Por cierto, que las cosas se tuercen bastante en lo que a relación se refiere. En fin.
    Ahm, otra cosa, soy el 2201 y escojo el día 13 de Abril en el primero turno. Supongo que después de esto no hace falta que te diga quién soy, no? And no, I'm not Mr. Goatface trying to speak in his own language.
    Bueno friki. No sabía yo de tus aficiones blogeras. Voy a leerme las otras entradas que esta me ha gustao mucho.
    Besicos!

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