Conocí a Sara un par de años después de que terminara la carrera de Trabajo Social en Bilbao, cuando acabó las prácticas para una ONG. En realidad, el final de sus prácticas fue, digámoslo así, prematuro, digamos que tuvieron que “quitársela de encima”.
La chica era entusiasta como ella sola y no había duda de que llevaba a cabo su trabajo con gran pasión y dedicación. Las mujeres maltratadas lo valían. Hasta que comenzó a filtrarse a escondidas en los archivos de la oficina principal para anotar teléfonos y direcciones de algunos de los asaltantes… Al principio se lo tomó como un reto, quizás pensó que podía llevar a cabo una gran hazaña e incluso instaurar una nueva táctica de abordaje en relación a este tema tan peliagudo. Quiso ponerse en contacto con alguno de los que seguían en la calle (que eran la mayoría) y convencerles para que asistieran a sesiones de terapia, que hablaran con la policía y se entregaran. A algunos les aconsejaba asistir a reuniones de alcohólicos anónimos, incluso les proporcionaba un listado con los mejores centros de desintoxicación y los horarios y ubicaciones de las reuniones que mejor les vendría de acuerdo a sus horarios laborales y su residencia. A uno incluso le recomendó el gimnasio al que ella asistía porque el entrenador de Kick Boxing era fantástico, hasta había ganado varias medallas en campeonatos nacionales “Y así desfogas, ¿eh? ¿Qué te parece la idea?”.
Sara era una ingenua con carácter, de esas que creen que pueden mover el mundo con un dedo y es capaz de convencer hasta al más excéntrico de que efectivamente puede. Sencillamente pensaba que no sólo se debía prestar ayuda a las víctimas, sino que también ellos, ya que no estaban encerrados y pudriéndose en la cárcel y que a lo sumo eran castigados con una estúpida orden de alejamiento, eran a su modo víctimas de una violencia intrínseca que debían controlar por el bien de todos mientras siguieran sueltos por la calle como los animales salvajes que eran.
La cuestión es que todo este plan fue impulsado por una chica, más joven que Sara (que por aquel entonces tendría unos veinticinco años), acudió por primera vez al centro con un ojo morado y el malar derecho fracturado, después de haber tenido una “pequeña” discusión con su novio.
Su novio era un imbécil alcohólico aún más joven que ella, un cabrón imberbe con la mano floja y demasiado ron en la sangre. Obviamente no quería ocultar el hecho de que él la había agredido, ya que ella había acudido a una organización que trabajaba a favor de las mujeres maltratadas, pero el caso es que no quería darle mucha importancia al asunto. Sara estaba ya harta de niñatos despechados e iracundos que se echaban a beber, como si no tuvieran ya bastante los imbéciles con ser unos adolescentes con cara de paella. Muy patéticos, conduciendo temerariamente y lanzando piedras a los gatos, y agrediendo a verdaderas mujercitas que les sacaban tres cabezas. Desde su puesto en la ONG, Sara sólo atendía a chicas jóvenes, digamos que eran casos menos complejos, no había hijos de por medio y generalmente las palizas no eran una costumbre, ya que no vivían juntos y no entraban en el temido círculo del maltrato (te agredo – me arrepiento – luna de miel – te vuelvo a agredir…). Puede que por esa razón Sara pensaba que podría hacer algo por estos chicos; en realidad, había días que ni siquiera los veía como verdaderos “agresores profesionales”, sino como niñatos a los que se les iba la mano, que no sabían controlar su ira porque vivían en ambientes crueles, se relacionaban con malas influencias, tomaban drogas, todo a la vez o qué se yo, porque no fueran lo suficientemente maduros como para respetar a nadie. Pero al contrario que a los hombres hechos y derechos que agredían a sus mujeres delante de sus hijos, las violaban, las amenazaban, y repetían una y otra vez, sin ninguna excusa, sin razón… a éstos los veía como pobres diablos malcriados con la fuerza de un hombre, que se cabreaban más de la cuenta, como unos “delincuentes reversibles”.
Pero llegó un día detonante, que hizo estallar su teoría fracturándose en mil hirientes pedazos. Esta joven del pómulo destrozado, que apenas aparentaba sus diecinueve años, acudió a ellos a los cinco meses de su primera vez, y luego a los dos meses, y un poco más tarde, a las tres semanas, Sara recibió una llamada desde el hospital: el imberbe le había clavado un cuchillo en el abdomen cuando ella le confesó que estaba embarazada. No murió, pero perdió el bebé, y ya no podría tener más. Antes de que se instruyera la investigación y todo llegara a juicio y demás, Sara ya se había presentado en casa del chico, y con cuchillo en mano, lo amenazó literalmente con “cortarte esas pelotas impúberes para que sepas qué coño se siente, maricón”. Total, que el plan de salvar el mundo se fue al carajo, ella se llevó el despido porque cometió el pequeño error de personarse vistiendo una de las camisetas de publicidad de la ONG, con colorido logotipo y números de teléfono incluidos, y el crío acabó libre y “a la espera de medidas” porque resultó que era menor de edad.
Tanta indignación le recorría el cuerpo, todas las noches, todos los días, que Sara no podía ni siquiera probar bocado. Así que su madre le acusó de estudiar una carrera tan comprometida y vocacional. Vale, estaba claro que era su vocación ayudar a los demás, se daría otra oportunidad, sólo por ser su vocación. Pero tendría que viajar, largarse de allí, no podía arriesgarse a tropezar con el adolescente belicoso, o peor aún, averiguar de alguna forma que finalmente había conseguido matar a esa pobre niña. No, eso no podría soportarlo. Tenía que irse de Bilbao por un estúpido mocoso cara cráter. Y aterrizó en Granada, y aterrizó en mi hospital.

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