sábado, 18 de abril de 2009

La cuesta del Realejo

“Duérmete… deja la mente en blanco… Vale, esto no funciona… No puedes dejar la mente en blanco pensando en dejar la mente en blanco… serás estúpida… Venga, pon algo de música, algo relajante… ¡pero no la cantes, no! … Dios qué desastre… Algo de clásica, sin letra, estimulante, un poquito de Tchaikovsky… ¿cómo se escribirá Tchaikovsky? Es C H … ¡Mozart! Mozart… ¡el Requiem! El Requiem está bien… ¿Lacrimosa? Pues nada, el Lacrimosa… y encima ésta también me la sé… ¿de qué me sé yo el Lacrimosa? … Mmmm probemos con Chopin, Chopin es la caña, Chopin me va a dejar la mente en blanco… ¡Pero no la tararees, maldita sea!”

Me desperté vestida en mi cama, con los cascos incrustados en los oídos, el cable conectado al ordenador, y el ordenador sin batería. Los oídos, ¡auch, dolían mucho! “Premio, me llevo la sábana marcada en la cara y… ¡mierda! Son las 19.23 y me he perdido Anatomía de Grey. La tarde no puede ir peor, todo por culpa de las siestas de tres horas.” Había quedado con Inma en media hora para contarle los cotilleos de la noche anterior. Inma no pudo salir porque llevaba toda la semana con una amigdalitis rebelde, y cuando el miércoles parecía que iba a mejorar le vino la regla y salió a comprar zapatos para animarse, con tan mala fortuna que fue a colgarse del par de maravillas más inestables de toda Granada, y no recordando que la magia de nuestra ciudad reside en el exótico empedrado de los caminos, fue a empotrarse contra una farola en plena cuesta del Realejo delante de un montón de guiris. Tan estrafalaria fue la caída (lástima que me la perdiera, - Inma te quiero -) que el guía de los extranjeros brincó hasta ella para cogerla al vuelo y, después de un par de vueltas de campana el uno sobre el otro, el otro sobre el uno, qué sé yo, surgió la chispa (piedras y fricción, qué esperaban) y quedaron para cenar la noche en que nosotras salíamos. Y como estas cosas no ocurren todos los días, le prometí que le pondría al corriente de todo al día siguiente, sin ser consciente aún de que iba a echarme la puñetera siesta más larga de la historia.

- Inmi voy tarde.
- De perlas, yo también – debí habérmelo imaginado. - ¿Qué tal anoche?
- ¿No hemos quedado para eso? – de pronto sentí un intenso picor en los ojos - ¡Dame media hora, tengo una emergencia con el champú!
- ¿Por qué siempre me llamas desde la ducha?
- Adiós.

Mientras me duchaba a toda velocidad y tanteaba la repisa en busca de la mascarilla, intentaba ordenar los hechos en mi mente. Imposible. Alejandra me pidió que no se lo contara a nadie, pero Inma era Inma. Inma está entre las excepciones. Alejandra cantó y bailó “Love in an elevator” de Aerosmith unas cuatro veces en el karaoke aquella noche. La primera vez iba a cantarla yo pero me quitó el micrófono, la segunda la cantó a dúo con un carca que quería verla en el bar Chicago más tarde… y las otras dos porque quería improvisar un par de versiones de su propia cosecha. El modo blues estuvo increíble. Qué sentimiento.

- ¿Hello? – el hombre parecía un auténtico veterano de guerra.
- ¿Perdona? - ¿en serio hablaba conmigo?
- Yo español, ¿tú? – no era la primera vez que creían que era extranjera, y por extensión también lo eran todas las personas que me acompañaban.
- Yo también – según Alejandra no hay que pasar de dos palabras por frase si lo que quieres es que te dejen en paz.
- Your friend is muy guapa.
- ¿Quién? – Alejandra estaba sumergida en el mundo del flamenco pop con “Love in an elevator”, así que me hice la tonta y lo negué todo.
- Dile que quiero verla en el Chicago esta noche…

Ya se veía venir, pero fue ése el momento en el que Eva se avergonzó tanto que se largó del pub en cuanto tuvo ocasión, me dejó dinero para pagar los mojitos, cazó su abrigo y se perdió en la noche. No llegó lejos porque le atacó el “hambre del mojito” y decidió patearse las calles en busca de un apetitoso shawarma que engullir. Bendita Granada, benditos kebabs de media noche. Pobre Eva que no probó bocado del suyo. Encontró un pequeño y concurrido árabe en pleno Campo del Príncipe, que reunía todas condiciones de asepsia y antisepsia que se puede uno imaginar en un bar abierto a las cuatro de la madrugada, eso sí, según Eva “olía que alimentaba”, y como lo que no mata engorda dio un paso y se atrevió a pedir un kebab de pollo con falafel incluído, como si lo del pollo no fuera ya lo suficientemente preocupante. Cuando Eva salió del árabe concentrada en no pringarse con la salsa de yogur, reparó en que no estaba sola, sino que la plaza estaba llena de gatos callejeros, que la miraban fijamente. Eva pensó que era una mujer con suerte, porque podía gozar de sus dos cosas favoritas en la vida, los gatos y los kebabs, de una sola sentada, y que encima la noche no podía ser más cálida y serena, y mirando hacia el cielo pensó que no podía estar más estrellado. Pero en medio de las estrellas algo la cegó, era una luz extraña y parpadeante, cercana y encendida. No, espera, eran dos luces, dos luces parpadeantes y rasgadas, parecían… sí, parecían… Antes de que el cerebro de Eva tomara conciencia de que esos destellos eran los iluminados y grandes ojos de un gato negro que saltaba sobre ella desde un tejado, ya tenía al susodicho felino peligrosamente cerca de su yugular así que no tuvo otra más que correr, y en un par de microsegundos el instinto de defensa superó al del hambre y pensó que quizás lanzando el shawarma muy muy lejos lo distraería. Fallo. El shawarma atrajo a unos cuantos gatos más, gatos iracundos y enrabiados, de ojos fluorescentes como las estrellas. Eva bajó como una bala la cuesta del Realejo esquivando felinos volantes, hambrientos de falafel y de venganza, cuando tropezó con uno de ellos que pasaba casualmente por allí y nada tenía que ver en el asunto, y recorrió boca abajo y cuesta abajo unos cuantos metros de camino hasta que el rozamiento la detuvo lentamente justo ante los pies de un rubio alemán, que andaba buscando el Alhambra Palace. Inma me preguntará que cómo acabaron ambos en una habitación del Palace besándose, bebiendo té y viendo cómo la estrellada noche se despedía con un celeste amanecer. Yo le contestaré que Eva y su alemán aún siguen allí, así que tendremos que esperar a que la liberen para que nos lo cuente ella misma.


Eva nos llamó susurrando desde el balcón del hotel exactamente a las seis de la mañana. Nos habíamos quedado en el pub a puerta cerrada echándonos la última Guinness con nuestro camarero favorito, Johan, un chico holandés con un aire hetero a Rupert Everett. Cuando mi móvil sonó me retiré al baño y susurré tan solo porque ella lo hacía.

- ¿Eva pasa algo?
- ¿Sigues despierta? – curioso, me llamaba a sabiendas de que era muy probable que fuera a despertarme. Era señal de que algo gordo había ocurrido.
- Sigo aquí, ¿tú dónde estás? Necesitaría ayuda para transportar a Alejandra a un taxi.
- ¿Y Johan?
- No puedo pedírselo otra vez, aún le duele la espalda. ¿Qué pasa?
- Estaba a punto de morir y ahora estoy en el cielo…
- ¿Mande?

Y Eva me lo explicó todo. Bastante surrealista. ¿Qué era ese invento de los gatos? Pensé que al fin y al cabo no venía mal darle algo de sensacionalismo a la historia, mejor para Inma y para mí al día siguiente. En cuando colgué se lo conté todo a Alejandra y tras un momento de asimilación, de traducciones infructuosas para Johan y de repeticiones de detalles para Alex y su memoria de pez, nos percatamos de que Eva e Inma habían rodado la misma calle abajo en una misma semana y ambas habían acabado recibiendo un flechazo, enamoradas a primera vista, “cuesta arriba” con un nuevo candidato… En fin, qué extrañas coincidencias.

Alejandra no se sentía contenta esa última semana, de hecho, estaba muy descontenta. Las clases la agobiaban, tenía demasiados trabajos pendientes por hacer, sus padres se habían vuelto a ir a Cuba sin ella, y para colmo esa misma tarde había estado en quirófano varias horas y se había mareado dos veces. Pensaba meterse directamente en la cama una vez acabara en la clínica pero decidió que debía hacer algo más productivo como darle algo de qué hablar a sus amigas en el café del día siguiente. Y sin duda así lo hizo.

- Eri…
- ¿Quieres que nos vayamos ya?
- Sí… pero antes quiero encontrar a mi hombre.

No entendí ni una palabra pero no le hice el más mínimo caso, la levanté del taburete y ambas caminamos hacia la salida. Tras despedirnos de Johan nuestros caminos se separaron, y yo me dispuse a transportar el peso muerto de Alex a un banco de la calle donde esperaríamos a que un taxi caído del cielo pasara a por nosotras. Pero de pronto ella se enderezó, se quitó los tacones, y comenzó a caminar en dirección a la cuesta del Realejo.

- Por aquí no pasan los taxis, vamos a tener que bajar.

Estaba borracha pero lo que decía tenía sentido, en realidad no la dejé en el banco para esperar a un taxi, sino para esperar a que pudiera caminar por ella misma y salir a una calle lo suficientemente ancha como para que un automóvil de tamaño estándar no se quedara atrancado entre sus muros.
Puedo jurar sin miedo que para nada me esperaba lo que estaba a punto de ocurrir. Alex corrió hacia la famosa cuesta empedrada y, tras dejar a mi lado sus zapatos plateados, cogió carrerilla en la oscuridad y finalmente se lanzó sobre su trasero por la pendiente de adoquines, sacudiendo los brazos de forma victoriosa, mientras yo divisaba cómo su cabeza se sacudía con tal ímpetu que se le soltaron todas las horquillas que tan estratégicamente se había colocado. Menuda bajada. A eso lo llamo yo “ir de culo”. Una vez aterrizó se levantó de un salto que hizo que su falda se izara lo suficiente como para ver el destrozo que la calzada había ocasionado sobre sus pobres pantis. Muslos erosionados. Eso le iba a doler y nadie me prometía que no tuviera nada roto, Alejandra está muy delgada como para que su culo amortigüe un descenso de esa magnitud. Así que el taxista nos llevó directamente al hospital, donde Alejandra conoció a un enfermero encantador que le curó las heridas.

“Olía a dulce jazmín esa mañana. Blanca, reluciente y calurosa, húmeda pero agradable se despertaba la ciudad tras la tormenta del día anterior. Un septiembre cálido amanecía después de un año de sueño para dar nombre, apellidos y fecha a una vida recién estrenada. Llovía polvo de flores y la tierra empapada en granizo derretido rezumaba frescura que ascendía hasta los balcones para adentrarse en las casas de piedra por las ventanas de cristales empañados, y los trapos que colgaban de las cuerdas en los patios se columpiaban con la brisa matutina. El silencio silbaba y los sonidos se escondían, aquélla mañana se renovó serena, y el río arrastró consigo los desechos de la memoria, con la basura y el estiércol de las gentes, hasta perderse en el lejano mar Mediterráneo, donde todos seremos todos cuando nuestros recuerdos dejen de luchar por salir a flote. Estoy en Granada. Y mi amor está aquí. Estamos listos para reunirnos.”

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