domingo, 15 de marzo de 2009

"Erika. Voy a casarme."

Malditos sabelotodo repelentes aquéllos que no saben de qué hablan y a pesar de ello hablan por los codos. Dan vueltas y vueltas y vuelven al punto cero y desde ahí parten hacia otro sentido y vuelta a empezar.
- ¿Dónde estaba?
- Dando vueltas.
- ¿Cómo?
- Perdona, estaba pensando…
- Hablando de la salsa agridulce, no entiendo cómo no la ponen en todo. Yo podría vivir sólo de salsa agridulce; salsa agridulce para desayunar, salsa agridulce para comer, salsa agridulce… - desconecté en la merienda cuando reparé en que me estaba salpicando las solapas de la blusa con una puñetera gamba empapada en salsa agridulce. Pensé en un cerdo en salsa agridulce, enterito con manzana en boca, y su cara en la cabeza del puerco, sonreí y él se emocionó (error). Eva debió advertirle de que odio los chinos. Y yo debí advertir a Eva de que odio a los muermos amantes de la salsa agridulce, megalómanos, neuróticos y con pelos en las orejas, aunque en mi defensa debo alegar que ni por asomo me imaginaba que tendría el tino de organizarme una cita a ciegas con el mismísimo engendro del Diablo.
- Perdona pero creo que…
- Y salsa agridulce para cenar…
- Tengo que ir a…
- Y salsa agridulce a media noche…
De un brinco histérico me puse en pie y derramé la salsa agridulce sobre su pantalón. Así que salí corriendo antes de presenciar el orgasmo amarillo. Seguro que eso era lo que venía a continuación de la “salsa agridulce a media noche”… Espeluznante, en serio. Tuve tres escalofríos en el taxi de vuelta, y estábamos a veintisiete grados.
Malditos pijos malcriados incultos y engreídos, que no articulan palabra porque simplemente no tienen nada que decir. Piel y cerebro bronceados y resecos. El segundo hijo de Satán era el tío más aburrido de la oficina de Sergio, patológicamente adicto a los silencios incómodos y a los tocamientos por debajo de la mesa. Me sorprendí preguntándome hasta qué punto podría odiarme Sergio. Luego pensé en lo mucho que me apetecía probar la tarta de manzana que disfrutaba la señora de la mesa de al lado, pero la gula fue aplastada por mis infinitos deseos de largarme de allí. “¿Cuánta gomina puede ponerse alguien de una sola sentada?” dudé mientras esquivaba su náutico reluciente. Estaba empezando a quedarme sin posturas en esa incómoda silla, así que como se le ocurriera rondar mi espacio vital una sola vez más, no tendría otra opción más que darle una patada en sus reales aznarillos. Cuando por fin reparé en que nuestro mudo diálogo podría durar para siempre, decidí que lo mejor para mi salud mental era relajarme y dejar de buscar en los recovecos de mi cerebro insípidos temas de conversación, aquéllos a los que uno desesperadamente recurre en momentos de emergencias comunicativas como ésa, aquéllos del tipo “Háblame de tu infancia” o un siempre útil “Qué tiempo más loco, ¿eh?”, ya que el joven “Demian” no parecía demasiado incómodo en la situación en la que nos encontrábamos. Un par de siglos más tarde, cuando el camarero trajo la cuenta y yo había entrado en rigor mortis, mi cita me dirigió un amable “Vamos, te llevo a casa”, y yo pensé que bueno, para ser la primera y única frase que había enunciado durante toda la velada, había estado bastante acertado, y se me ocurrió que quizás, entre tanto silencio había conseguido oírme las ideas. Craso desacierto cuando me llevó a su casa en lugar de a la mía, equívoco que me obligó a perder un tacón y pagar otra larga travesía en taxi. Una vez en la cabina, me pregunté cómo no pude esperármelo después de las caricias náuticas en el restaurante y los toqueteos de rodilla en el coche, así que le conté toda la historia al taxista quien me recomendó que matara a mis amigos porque según él “los problemas hay que cortarlos de raíz”.
- Y yo que os llamaba amigos…
- Venga Eri, tampoco sería tan aburrido…
Lo atravesé con mi mirada de “tú no estabas allí así que cierra esa bocaza”.
- ¿Y por qué no te gusta la salsa agridulce? ¿Qué tiene de malo la salsa agridulce? – me temo que Eva no comprendía la gravedad del asunto. Eva adora los restaurantes chinos y todo lo que hay en ellos, y se sintió indirectamente ofendida ante mis innumerables quejas, quizás no tanto por el tema culinario como por el hecho de la pérdida de tiempo que supuso encontrarme a ese Adonis monotemático, lo cual es totalmente falso puesto que se topó con él en la cola de un (sorpresa…) Wok y en seguida le habló de mí.
- ¡Pues cásate tú con el de la salsa agridulce de las narices!
No puedo culparlos. Mis amigos sólo quieren mi felicidad. Imaginé que en el fondo de sus corazones les preocupaba que me hubiese transformado en un monstruo exigente y arisco, desalmado y sentenciador, incapaz de dar segundas oportunidades a cualquier pobre diablo que cometa el error de meter la pata en una primera cita. Y la verdad es que no sólo era cierto, sino que el problema era aún peor, porque esas exigencias que proyectaba sobre todos aquellos desamparados candidatos eran imposibles de cumplir, ya que el defecto que todos ellos compartían era uno sólo, pero imperdonable: ninguno de ellos eran mi Jose, y no tendrían nada que hacer conmigo mientras no lo fueran.
Sergio me miró con ojos compasivos y yo leí la lástima en sus pupilas. Me fijé más, y tras la lástima pude ver mi reflejo en ellas. Eva murmuraba algo al oído de mi hermana Gádor, que negaba con la cabeza y los ojos entornados, como pronunciándose en contra de otra extravagante confabulación en busca de mi prosperidad.
- ¿Qué tramáis?
- ¡NADA! - soltaron al unísino.
- Eri, por favor, tienes que sacártelo de la cabeza. Va a casarse ¿lo entiendes? Está enamorado de otra. Nunca te ha querido. Abre los ojos de una vez, ¡sal y que te dé el sol coño! – mi dulce hermanita pequeña, recuerdo cómo me mandaba a llorar a mi cuarto cuando me dejó mi primer novio. Y pensar que era todo un mero escudo para protegerse de mi angustia, ya que sufría mucho por mí y verme mal la consumía. Un día de llanto desconsolado irrumpió en mi habitación de un portazo y me ordenó que saliéramos, no sin antes arrancarme (literalmente) el pijama, prenda de la cual no me había desprendido (literalmente) en dos meses. Cansada de mi renovado dolor, a su agresivo estilo intentaba sacarme del agujero. La típica gran amiga que te pega dos buenos guantazos cuando estás histérica, o que te pellizca el brazo cuando te vas por las ramas. Ésa es mi Gádor, y la adoro por ser así.
Yo cogí la jarra de cerveza a dos manos y me la incrusté en la cara con el fin de atenuar los graznidos de mi hermana, y me abstraje observando a las personitas amarillas y burbujeantes que aparecían detrás de mi cerveza. Entonces encuadré la cara de Sergio y aprecié cómo su expresión cambiaba. Las niñas de sus ojos ya no estaban tristes sino pasmadas, y él parecía exaltado, intranquilo.
- Sergio puedes ir al servicio, no voy a suicidarme…
Permaneció en silencio, perdido en el horizonte, se tornó pálido y sus ojos se redondearon de una forma extraña. Me disponía a sacarlo del trance con un chasquido de dedos cuando advertí que en realidad su mirada no se había extraviado sino que, todo lo contrario, se había postrado sobre algo que permanecía tras de mí. Y cuando Gádor y Eva dejaron de cuchichear para unirse al incómodo y desconcertante silencio de Sergio, en ese momento comprendí que ese algo que permanecía fuera de mi vista, no podía ser otra cosa más que Jose con su prometida.
Por acontecimientos como éste una prefiere quedarse encerrada en casa, en pijama, comiendo chocolate y viendo El Diario de Bridget Jones, una y otra vez, hasta acabar “devorada por pastores alemanes”…
No fue muy agradable la sensación de vomitar cerveza por la nariz pero menos agradable fue el hecho de que Jose presenciara el espectáculo, y aún menos que su noviecita soltara una carcajada de hiena cuando me vio hacerlo. Tiendo a volverme enfermizamente patosa ante situaciones estresantes, y en ésta tenía todas las papeletas para acabar sufriendo un accidente mortal. Lo de la cerveza había sido tan solo un aviso.
- Vaaale Erika, tú ganas, puedes echar cerveza por la nariz… Aquí tienes tus veinte euros… - intento desesperado de Gádor por salvar mi autoestima. Amor incondicional, lo que yo decía.
- Me ha visto, ¿verdad?
- Cariño, te ha visto todo el puñetero país.
Me limpié con una servilleta que me tendió Eva después de secarse sus empapados rizos morenos. La pobre estaba sentada frente a mí y se había llevado la peor parte. Me levanté orgullosamente del taburete y me coloqué la falda en su sitio.
- Nos vamos, YA.
Todos sabían que ese hecho iba a suponer un paso atrás en mi duelo. Que iba a desaparecer durante otros dos meses sin dar señales de vida y que no podrían hacer nada por evitarlo. Pero por mí, por su amiga herida, se incorporaron, y me escoltaron hasta la entrada. Y conforme salía el tiempo se enlenteció, y nuestras miradas se cruzaron, pero él no dijo nada. Sólo apretó la mano de ella contra su pecho, como dándome un adiós definitivo con un doloroso puñal. Lo que para mí era un presente punzante, para él no había sido más que una historia quemada después de leer, y para ella, bueno, para ella nada había cambiado. Iba a casarse con su hombre, que siempre la había amado y que siempre la amará.
... Jose salió de la cama sin decir nada, desnudo, puntilleando el suelo con sus dedos descalzos y la sábana bien amarrada. Abrió el balcón con sigilo y se encendió un cigarro. Escuché cómo el papel se consumía y cómo el humo brotaba de su nariz, sensual, e imaginé cómo entornaba los ojos cuando ascendía por su rostro la tóxica polvareda. Acariciaba su barba inclinado sobre la barandilla, señal de perturbación, mientras los rayos de la luna enmarcaban su cuerpo y la humareda le envolvía, y pensé en lo agradable que era el poder contemplarle desde esa perspectiva.
- ¿En qué piensas, fumador furtivo?
- Erika. Voy a casarme.
El recuerdo de esa noche me golpeaba la nuca incesantemente, como un vórtice violento, y me estrangulaba el estómago y el corazón y le impedía latir. “Mira adelante Eri, mira adelante.”
- … esta imbécil hablando de hijos de Satanás y está colgada del verdadero Lucifer.
Y entonces lo comprendí. Se habían esfumado. Los malos pensamientos, la melancolía. ¿Los habría expulsado a ellos también por la nariz? En el momento en que me di cuenta de que, en realidad, me alegraba por él pero me sentía tremendamente triste por ella; en el momento en que me juzgué más culpable que abandonada; en el momento en que volví a aprender a quererme y respetarme, y pude reunir fuerzas para decidir acabar mis días con un hombre que, sin engaños, de verdad me amara… En ese momento me desprendí de mi yugo, y pude al fin caminar en paz.

Huída. Say good-bye so.

- Baja la música cariño.
- ¿Qué?
- Amor, la música…
- ¿Las Pussicat? Ampliando nuevos horizontes musicales, ¿eh?
Un estruendoso “Don’t cha!!” retumbó por toda la sala, a Laura hasta se le cayó el canapé de la mano – uno de salmón con mantequilla, una gran creación culinaria en mi modesta opinión, sencillo, rápido, riquísimo.
- ¡Coño, Javier, quieres bajar la puñetera música!
Ejem… ¿Habíamos oído bien? Lu soltando dos tacos en la misma frase (vale, uno y medio, puñetera no es un taco en algunos círculos sociales), ¡y yo sin mi cámara a mano! Creo que vi a Rocky intentando hacer algo con su móvil pero me parece que estos Blackberry de último modelo sólo van bien para mirarte al espejo con ellos fingiendo que hablas, cosa que Rocky hacía bastante a menudo… La música cesó en seco y Lu se arregló el pelo e introdujo su dedo índice por el cuello de su jersey como si quisiera ensanchar ese pequeño agujero por donde, nadie sabía cómo, había conseguido colar su aleonada cabellera. Odio los cuellos altos, ¿a quién le gusta tener algo apretándote el gaznate toda una velada cuando puedes elegir respirar desahogadamente? La pobre Lu – Lucía, pero el diminutivo de Luci le parecía demasiado cateto, así que probamos con Lucy con Y griega, que por otro lado se pronuncia igual (es una de esas gilipolleces que sólo puedes sugerir estando borracho) pero le pareció más hortera aún, y como somos demasiado vagos para llamarla Lucía, todos llegamos a un acuerdo con Lu – estaba bastante nerviosa porque se había empeñado en dar un discurso de despedida aunque le advertí que no era necesario – de hecho estaba intentando evitar la catástrofe, siempre que suelta algún discursito se queda afónica y nos está pidiendo disculpas durante todo un mes por no haberlo hecho mejor… además Migue, hermano gemelo de Rocky el del Blackberry, se coloca estratégicamente a mi lado para ir repitiendo con una risita todas las palabras que dice que riman con alguna palabrota, aunque más bien siempre acaba encontrando algo que vaya con “agárrame un cojón”.
Pero la cuestión esta vez era que yo no quería ningún discurso de despedida, ninguna fiesta ni tener que decir adiós a todos y cada uno de mis amigos, ya sería demasiado duro tener que despedirme de mi familia en una exagerada comida-despedida familiar que me habían preparado para el día siguiente. No me iba para siempre pero era más de lo que me había retirado nunca. No podía quedarme más tiempo, Granada me agobiaba y no había ya más lugares nuevos donde esconderme, y siempre me lo acabaría encontrando, y nunca podría olvidar. Sólo quería irme y olvidarlo todo.
- ¿Me podéis atender un minuto? Gracias… - Lu ve demasiadas películas en las que se abre un brindis golpeando la copa con un cubierto… - Bueno ya sabéis para qué estamos todos aquí esta noche.
Todos me miraron, yo no sabía si llorar, salir corriendo, o coger una perforadora, cavar bien profundo y que literalmente la Tierra me tragara ("lástima, estamos en un tercero"), así que opté por poner la maravillosa sonrisa que tenía más que practicada para las fotos.
- Erika, nos conocemos de siempre. En la vida hemos discutido y…
- ¿Cómo que no? ¿Y cuando tú te liaste con Luija cuando a ella le gustaba? – interrumpió Virginia.
Virginia era la novia de Rocky (Luija), y no la soportábamos. Razones no faltaban. Al principio olía a contratransferencia debido a que ella no nos soportaba a nosotras. También pensamos que podría tener algo que ver con el hecho de que Rocky se había liado con todas las chicas del grupo (menos con Laura, pero creo que un día le tocó una teta a posta), mas luego dedujimos que, cruel decepción, se trataba un simple caso de misoginia. Virginia y Rocky llevaban dos años juntos, lo cual significaba que TODOS llevábamos dos años saliendo con Virginia, porque nos la endilgó desde el principio con la excusa de que esa era la definitiva y nos tendríamos que aguantar aunque no nos cayera bien (¿acaso ya se lo esperaba? Curioso…).
El día que nos fuimos de copas y salieron a la luz todos los trapos sucios de Rocky fue apoteósico. Fue hace poco más de un año. Estábamos en una taberna irlandesa tomando unas Budweiser – sólo a Javi le gusta la Guinness, dice que es incapaz de beber una bebida a través de la cual pueda ver – y entonces – oh, desgracia – alguien saltó con lo de jugar al “Yo nunca”. En mi opinión, el “Yo nunca” puede ser un juego divertido pero a la vez bastante desagradable cuando a la gente le da por decir la verdad. Consiste en que uno dice “Yo nunca he hecho algo” y quien haya hecho ese algo alguna vez, tiene que beber un sorbo de su copa. Normalmente se comienza (como un calentamiento) por chorradas tipo “Yo nunca he ido de rebajas” (y todas las chicas bebemos), para seguir con una del estilo de “Yo nunca he perdido el conocimiento con una borrachera” (ahí suelen beber más los chicos) y el juego acaba degenerando con un “Yo nunca he hecho un trío” y cosas peores que no quiero mencionar por si algún lector aún es lo bastante inocente como para que mis amigos lo perviertan. Total, que entre pitos y flautas, risas y chupitos de tequila, el granuja de Migue escupió un: “Yo nunca me he liado con mi hermano” y resulta que todas estábamos ya lo bastante desinhibidas como para dar rienda suelta a nuestra sinceridad, así que Lu, Laura, y yo cogimos nuestro chupito, brindamos y nos lo bebimos, y luego nos acompañó Javi pero ese ya no sabía ni a lo que estaba jugando… Entonces, y juro que no fue por efecto del alcohol, vimos cómo a Virgina le salía fuego de los ojos y de las orejas, se levantó de su asiento de un salto y se dio con una lámpara-candelabro en la cabeza. Todos pusimos cara de dolor, pero ella disimuló muy bien, puede que por la adrenalina del momento, por la cogorza del instante o por lo orgullosas que son las misóginas de metro ochenta y dos. El tema es que se acercó a Rocky como un ogro y le soltó una amenaza que nadie oyó, así que Migue gritó: “Joder, en este sitio cada vez ponen la música más alta. ¡Johan otra ronda menos uno, y ponnos “We are the Champions” echando leches!” Miguel no era mujer pero era el que menos soportaba a su cuñada, aunque todas pensábamos que en realidad Migue tenía alma de mujer, pero no en plan travesti, ya me entiendes, era más bien lo que nosotras llamábamos un “hombre lagarta”. Era el típico tío con maldad femenina, como un gay borde, pero hetero. Acto seguido Virginia salió corriendo del pub y Rocky la persiguió como un perrito faldero, y Javi, Lu, Laura y yo en tropel salimos detrás de ellos con nuestras cervezas en mano para no perdernos la escenita de reconciliación (les gustaba montar escenitas y nosotros encantados, porque era mucho más barato que ir al cine), con tan mala suerte que Rocky tropezó con el armario empotrado del portero y fue a caer de boca, y después de dos zancadas propias del Ballet de la República de Bielorrusia fue a estampar la cara entre los omóplatos de Virginia, quien gobernada por un efecto dominó se dio de bruces contra una Harley Davidson nuevecita que había aparcada junto a la puerta de otro pub.Al ver que se movían y que no había rastro de sangre ni ningún otro tejido humano decidimos que lo mejor que podíamos hacer era meternos otra vez en la taberna, en silencio, como si no hubiésemos visto nada, y una vez allí, a salvo, quedarnos inconscientes de la risa. Migue, entre tanto, estaba bailando “We are the Champions” poniendo cara de circunstancia encima de la barra, echándole estrambóticos guiños a una pobre guiri que no tenía culpa de nada. Todos fuimos a llamarlo para que bajara y escuchara la historia del batacazo cuando el portero entró al local y nos dijo con cara de pasmo: “Vosotros veníais con esos dos, ¿no?” a la vez que señalaba la calle con su dedo pulgar. Entonces de nuevo los cuatro salimos fuera como una bala, y no había dado tiempo a que todos atravesáramos el portón cuando presenciamos el espectáculo. Una ridícula mujer regordeta que no superaba el metro cincuenta, vestida con divertidas mallas negro metalizado, una chupa de cuero sin mangas y un pañuelo salpicado con lo que parecían pequeñas calaveritas rojas y plateadas, realizó un acróbata salto del tigre sobre Virginia, que aún estaba despegándose el asfalto de las muñecas, y sin dejar de chillar “¡Mi moto es mi hija, zorra!” abrió sus peludas manazas (te lo juro, más vello del que nunca podrías imaginar) y se enganchó a la engominada cola de caballo de Virginia, de esas que parecen hechas en la peluquería porque quedan demasiado perfectas. Nosotros, paralizados. Como si estuviéramos viendo algo en otra dimensión y no pudiéramos cruzar el umbral. Entretenidos también, para qué mentirte. Fue en aquel momento cuando Rocky pudo reaccionar (en realidad no sabíamos en qué estaría pensando hasta ese instante, puede que igual de entretenido que nosotros… en el fondo) y cogió a la atacante por la espalda, que se dio la vuelta violentamente, como poseída, y descargó un manotazo peludo sobre los huesos propios de la nariz de Rocky. Ahora ya sabes por qué Luija pasó a llamarse Rocky. Entre tanto jaleo, yo le dije a Javi que entrara a por Miguel y que hicieran algo, que para eso eran los hombres, y no pasaron ni treinta segundos cuando la que parecía ser la novia de la “madre de la moto” consiguió despegar a la fiera de nuestros amigos. Finalmente, los bloques de cemento que mantenían incrustados nuestros tacones a la calzada se quebraron, nos repusimos del shock y volamos las tres hasta donde se encontraban los tortolitos. Se habían quedado de pie, petrificados, como hacía un rato nos había ocurrido a nosotras, miraban a todas partes con cara de bobos, se miraban el uno al otro, luego a nosotras, luego a los espectadores espontáneos que habían salido de todos los pubs para echar un ojo, luego otra vez a nosotras. Silencio. Más silencio. Yo estaba mordiéndome el labio para no reírme de los pelos de Virginia, le daba un aire al tupé de Amy Winehouse, en guapa claro, pero la pobre ya había tenido bastante por esa noche, a su novio el promiscuo le sangraba la nariz. Entonces Rocky consiguió esbozar un “¡Tenía peludos los nudillos!” y todos estallamos en carcajadas. Qué gran noche. Bueno, no tan buena. No, no fue grande, para nada.
Tras el pequeño incidente de ese día Virginia y Rocky hicieron las paces y nos percatamos de que los espacios de tiempo entre pelea y pelea se iban alargando. Oh, oh, mala señal. No soportaría tener que volver antes de tiempo para asistir a una boda. Puede que por la percepción de peligro, la angustia ante la idea de perder a Rocky, o quién sabe, una divina lobotomía, Virginia actuaba más relajada con nosotras, y cuando le explicamos con pelos y señales (fue petición suya) nuestras mini aventurillas con su novio supo que no tenía de qué preocuparse, y parece que su odio hacia nosotras bajó un par de puntos. De 11 sobre 10 pasó a odiarnos sólo un 9 sobre 10, todo un logro. Migue decía que en vez de un palo en el culo ya sólo tenía medio, otro logro, bien por Miguel. Incluso se permitía sacar el tema en ocasiones en las que se sentía especialmente simpática, al fin y al cabo era una historia que involucraba a su novio e indirectamente a ella, y eso la hacía sentirse más integrada en el grupo.
El día del brindis era uno de esos días, no sabíamos exactamente qué le había podido ocurrir para que se encontrara tan alegre y abierta. Apostaría lo que fuera a que Lu hizo cálculos y todo para que el día de mi despedida no contara con un drama romántico improvisado – buenísimo, me la imagino con su gorro de cocinera profesional, un mantel con el cuerpo de una tía tetona vestida de gitana (regalo cachondo de cumpleaños, idea de los gemelos), una enorme pinza abrazando sus descontrolados rizos color caoba (bonito tinte, pero no a todas les queda tan bien como a ella) y calendario en mano diciendo: “A ver… un chorrito más de aceite… Uff a esto le falta más sal, a ver cuándo le bajó la regla a Virginia… ¿fue cuando le arrancó el aro de la oreja a Rocky o cuando le tiró las palomitas por la cabeza en el cine…? ¡Eso, ahí fue! Bueno entonces nuestro día clave es… ¡el jueves 22!”. Aunque, sin embargo, yo no pude evitar pensar que en una no muy remota parte de su ser Virginia estuviera contenta porque yo me iba (qué bruja soy, pero ella lo es más).
Tras el comentario de los líos de su novio todos rieron a carcajada limpia, menos Rocky, porque no pudo evitar acordarse de la noche del puñetazo - el pobre nos contó que había tenido sueños eróticos con la motera asesina y su novia (Virginia no, digo la novia de ella) durante dos semanas, y Migue, que ejercía de psicólogo cuando no estaba pedo, le dijo que estaba claro que le atraía un tipo concreto de mujer...
- Ja… Ja… - a Lu no le disgustó el chiste pero no soportaba que alguien la interrumpiera en mitad de su discurso, ya tenía bastante con su ataque de afonía idiopática – Eso fue hace mil años. A lo que iba, que antes de quedarme afónica quiero decirte, en nombre de todos, que te queremos, siempre te hemos querido, y siempre te querremos, y que vamos a hacer todo lo posible porque te recuperes, de todo corazón…
- Agárrame un cojón.
- … Ya es un sacrificio para nosotros que te vayas tan lejos… - continuó muy digna Lu.
- ¡Ni que se fuera a Alaska! – Migue a la carga.
- ¿Ya tiene la copa llena otra vez, cojones? Joder mirad que os dije que escondierais el puto Vodka – Laura, al contrario que Lu, más cómoda se siente cuando más tacos suelta, es una chica guapa, con una melena castaña, larga y algodonosa, y unos labios preciosos, de anuncio de gloss, que todas envidiábamos. Pero cuando hablaba sólo le faltaba un tupido bigote para parecerse a un camionero de una peli de Almodóvar.
- Dejad hablar a mi mujercita – se impuso Javi con voz ronca.
Un “¡PUAAAAJ!” sonó a coro.
- Pues sí, se va lejos, podría irse más lejos así que agradece que no le haya dado por largarse a Australia – para Lu irte a Australia es casi más lejos que irte a Marte -. Dios mío, mi voz, bueno que te vamos a extrañar un montón…
- Agárrame un cojón.
- Que… ejem ejem, agua – Javi le tendió un vaso de agua – Erika… ¡ya está, vaya mierda! – pudo susurrar Lu al fin.
Yo fui a abrazarla mientras los demás aplaudían, para que no se sintiera mal, ya que, quitando la parte de la mierda, había sido uno de sus mejores discursos hasta la fecha, y además no me seducía la idea de estar pegada al móvil todos los días del mes siguiente escuchando lo avergonzada que estaba por haberla “cagado” al final del discurso.
- Que diga algo la homenajeada – propuso el capullo de Rocky.
- ¡Eso! ¡Que hable, que hable, que hable! – corearon todos al unísono, todos menos Lu, que había ido al baño a hacer gárgaras.
- Bueno…
- ¡Callad coño que ya está hablando! – ordenó Laura a la vez que confiscaba la copa a Migue.
- Pues eso, que muchas gracias por todo… yo, yo también os quiero… mucho… No me hago a la idea... – nudo en la garganta- vosotros… Gracias por quererme así, por vuestro apoyo. No sé qué hubiera hecho… - doble nudo – … de no haber … – todos permanecían mudos, como piedras, con el talante triste ahí parados, sin saber cuándo volveríamos a vernos. En ese momento me vinieron infinidad de recuerdos y anécdotas a la memoria, mis amigos… ¿Qué seré yo allí sin mis amigos? Silencio. Cerré los ojos. Oh no…¡Contente Erika!
- ¡Por Erika!
- ¡Eso, por Erika!
- Buena suerte Erika. Buena suerte.
Y todos brindamos en el momento justo. Cero lágrimas. Cero melancolía. Cien por cien de todo lo demás.

Granada. Lorca. Pensamientos.

... Y allí me encontraba nadando entre las letras de su poema. Intentaba en vano arrancarme la imagen de ese niño gitano muerto junto a la luna.
"Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos"
- ¿Dónde estoy? - me pregunté. Al fondo se oían los temibles gritos de un grupo de hombres que se acercaban violentos.
- ¿Dónde estoy? - volví a dudar. Y me acerqué a la puerta más próxima, acobardada por aquellas voces, fundidas con el cabalgar de los caballos.
Nunca olvidaré la imagen de ese niño gitano desaparecido entre los rayos de la luna.
Entonces atravesé la puerta cerrada como el calor atraviesa la piel y caí al suelo, y vi a los gitanos llorando frente a una roca...
Entre toda mi confusión logré alcanzar un claro en mi mente. Las luces de un pequeño pueblo blanco marcaban mi destino, una meta imaginaria que dirigía a mi subconsciente. Había caminado tan solo unos metros cuando una fría sensación recorrió mi columna. Alguien me observaba desde muy cerca, y sentí una gran curiosidad por conocer al dueño de esa mirada oculta, el autor del poema del que había escapado minutos antes.
- Siéntate conmigo - me dijo. Yo obedecí sin poder componer palabra alguna. - El mundo del que huyo es el mundo que me rodea; mas aún dejo que me rodee porque es mi vida y la amo así. - silencio - ¡Maldita luna estéril y mortal! ¡Cuándo llegará tu hora! - y yo lo abracé para consolarlo, aunque pienso que él me devolvió más consuelo del que yo podría prestarle nunca. Dirigió una leve mirada a la vieja fragua, me tomó de la mano y comenzamos la marcha hacia una historia que ni su propio protagonista podría haber comprendido jamás.
El silencio se encargó de anudar mis cuerdas vocales para evitar la más mínima tentación de interrumpir su habla serena. El paisaje había cambiado por completo y mi acompañante lucía un brillo especial en sus ojos, así como unas facciones dulces y aniñadas. Su voz se tornó juvenil y fresca pero permanecía calmada, madura.
Era una tarde de primavera y caminábamos por un sendero de álamos blancos. Habíamos dejado atrás el pueblecito que lo vio nacer, y los pocos kilómetros que separaban Fuentevaqueros de Asquerosa se agotaron en el tiempo en que se agota una llama en ausencia de oxígeno.
- A veces siento que de Madrid hasta aquí existe un charco más grande que el Pacífico. Aún así viajaré a París, Buenos Aires y Nueva York, porque quien da la vuelta al mundo una vez, la da diez veces si es necesario saltar diez charcos como éste.
Retrocedimos en el camino y nos postramos bajo un álamo apartado. Continuó hablando:
- ... Y llevaré donde sea y a quien lo necesite mi corazón pintado en mis libros, porque nadie tiene derecho a prohibir una vida, ni un pensamiento. Si algo te cuesta la vida es porque ese algo te la ha arrebatado; y si tú así lo has querido, no habrá muerte más dulce y necesaria. ¡Que todos me sientan como soy, hasta esta pequeña hormiga!
Sólo pudo escapar de mi boca un suspiro, y al parpadear, el chopo que nos daba sombra desapareció. El hueco dejado por el viejo árbol fue ocupado por una casona rebosante de libros, cuadros y artistas. Solamente advertí un tímido cambio en el rostro de mi compañero de viaje: la comisura de sus labios había descendido dándole un aire de vejez prematura.
- ¡Buenos días, Federico! ¿Y tu callada colega?
- Hola amigo Salvador. Te presento a mi silenciosa amiga.
- Mucho gusto - no respondí, aunque lo saludé con un beso en la mejilla. Seguidamente me oteó pícaro mientras acariciaba su bigotito. - Algún día retrataré tu silencio. Con la ayuda de mi compañero Freud podría pintar más historias sobre ti que Braque con su misteriosa mujer marrón y azul... ¡Divino! - concluyó y se despidió de mi guía con dos cariñosos besos.
- Los años de aprendizaje vuelan cuando los vives tan intensamente y rodeado de tan apasionados artistas - y rió, a la vez que veía alejarse a su amigo. - Esto no significa que el aprender tenga un fin, ¡qué va! Igual que en el corazón no hay límites para albergar amor, en la mente no hay fronteras para lo nuevo y lo ingenioso. Por eso siempre está despierta cuando dormimos, puesto que nunca sabemos cúando puede llegar la inspiración...
Con esas palabras volvió a cambiar la imagen de mi acompañante. Parecía que las lágrimas lo arrugaran por dentro y por fuera a la vez. Nos encontrábamos sobre el tejado de un frío edificio, observando la ciudad gris escondida bajo las nubes.
- El negro de las máquinas es el negro de la marginación y los prejuicios que viven en nuestra sociedad. Miras, pero no puedes ver nada. No me permiten ser quien soy, y critican incluso lo que no deseo ser... Así nadie puede vivir ni morir en paz. Desde el Jinete hasta Ignacio el torero, todos nos han bañado con su sangre; y al contemplar este mundo me invade la terrible sensación de que el metal acaba de empezar a tomar forma punzante...
¡Y qué razón tenía! Nuestra vuelta al mundo terminó donde había empezado. Volvíamos a Granada. Una Granada diferente a la de hacía tantos años. Llena de fuego y armas. Como no es justo que la madre que te dio la vida te la arrebate, así tampoco lo es que la ciudad que te enseña a vivir acabe contigo.
Nos hallábamos en un montículo aislado del pueblo y la muchedumbre. El silencio me ahogaba.Y allí estaba él, frente a un desconocido, de esos capaces de prohibirte la vida y de aquellos que ennegrecen las ciudades a su paso. Se rompió al fin el silencio con el estallido de un fuerte disparo. No entiendo cómo en ese momento, después de tantas horas o días o semanas de callada espera logré gritar con todas mis fuerzas un "¡Basta!", mientras me interponía entre los cuerpos del verdugo y la víctima. Pero la bala me atravesó el alma y como un soplo de viento hizo que girara sobre mí, colocándome cara a cara con mi gran amigo. De pronto vi cómo sus ojos se cerraban y caía al suelo, despacio; luego, cómo la bala impactaba contra el tonco de un árbol lejano. La granada de la sociedad lo alcanzó primero, y mi amigo, mi amado amigo, murió de pena antes de caer al suelo.
De repente me sorprendí en mi habitación y comencé a llorar. Tomé el "Romancero Gitano" y lo lancé al suelo con ira. Entonces observé que en la portada había algo escrito con tinta fresca:
"A mi lejana confesora, con un especial cariño. Federico García Lorca".

Quirófano 7. Él.

Me hubiera frotado los ojos de no ser por los guantes. No podía creerlo. Parpadeé un par de veces y volví a mirar. Era preciosa. Bueno, sus ojos… Sus ojos eran enormes. Y ese carácter, ese coraje… ¿Me había vuelto loco? Sólo quería acabar para hablar con ella. “Vamos, ya está casi… No me dejes aquí cerrando a mí solo… para cuando haya acabado ella ya se habrá ido”. La veía con ganas de esfumarse. Como nerviosa. Me quedaban minutos, puede que segundos antes de que saliera, sabía que lo estaba deseando, yo también había sido estudiante. Hay veces que no ves el momento de irte a tu casa tras un duro día de prácticas. Te aburres, no ves campo, sólo estás ahí como un pasmarote dándote cuenta de que estás perdiendo un tiempo valioso. Pero ella debía saber que ese día no era como los otros, tenía que saberlo porque yo lo sabía, sabía que allí había algo. ¿Le había guiñado un ojo? No estaba seguro. Puede que sí. ¿Me habría visto guiñarle? “No me hagas cerrar si no quieres que nuestro amigo se hernie mañana, ahora no sería capaz ni de abrocharme los cordones…” Pero cuando volví a mirar había desaparecido. Y después de que el jefe le firmara la ficha, ya no me quedaba esperanza alguna de que volviera.

Al final tuve que concentrarme y cerrar la incisión, pacientemente, por capas. Primero el músculo, luego la fascia… Qué dolor de cabeza el de aquel día. Necesitaba acabar ya, pero tenía que acabar bien. Aún conservaba la esperanza de encontrármela saliendo del vestuario o perdida por el área de quirófanos tratando de encontrar la salida. Cuando coloqué la última grapa, levanté la vista, cerré fuertemente los ojos un par de veces y pedí un analgésico.

- ¿Virtudes me desabrochas la bata, por favor?

Todos se volvieron en silencio. Lolo, mi compañero, que no había tenido que coser esta vez, pero se había ofrecido (día de extrema generosidad) a poner los apósitos finales sobre la herida, se colocó tras de mí de un salto y resopló en mi oído mientras me desabrochaba:

- No llames Virtudes a Maria Virtudes si no quieres que te corte la pilila con una hoja de bisturí. Toma un paracetamol pelanas, aquí no hay nada más fuerte vía oral.

Engullí el comprimido en cuanto me arranqué la mascarilla y el gorro de una vez. Odiaba los gorros de mujer pero eran los únicos que me recogían todo el pelo, y cada vez que cogía uno me sorprendía pensando en el poco tiempo del que disponía para ir a la peluquería. Tiré la bata al suelo y salí corriendo del quirófano gritando “¡Alberto Rosa! ¡Alberto Rosa! ¡¡¡Doctor Rosa!!!” Sin más rodeos, y antes de que te de tiempo a imaginarte algo peor, ahí va una breve explicación: En mi primera ayudantía como residente, mi jefe me preguntó los apellidos para apuntar mi nombre completo en el parte. Cuando escupí la palabra "Rosa" dejó de escribir, y sin dejar de mirar el papel esbozó una sonrisita y me dijo: “Muy bien Alberto, ya puedes irte, hasta mañana”. La verdad es que esperaba la peor, no habría sido la primera vez. Cuando era pequeño le preguntaba a mi padre si no le importaba que me lo cambiara a “Flores”, “que está algo más oído y aceptado, aunque no se sale del tema…” Cuando dejé el quirófano recapacité sobre el trabajo y la madurez. Encontraba admirable el hecho de que por fin hubiera caído entre Homo sapiens sapiens civilizados, y de aquéllo estaba seguro hasta que la rechoncha cabeza de mi jefe asomó por la salida y se despidió con un “¡Yuhuuuu Doctor Rossssaaaaa, ten cuidado que no se te caiga el Betadineeee!” secundado por una sonora risotada de Lolo. “Maldito chupaculos”. Muy originales, doctores Cachondos… Suerte que las noticias vuelan y la segunda vez pude responder con un ágil “¡Más quisieras, Lolo!” y le cerré esa bocaza.

Lolo pasó semana y media sin hablarme hasta que un día, preparando la instrumentación para una biopsia de ganglio inguinal, le pregunté por las pinzas de disección y él hizo un ademán para hacerme ver que me había escuchado, pero que no pensaba contestarme nunca. Le vi la pluma por primera vez cuando me volvió la cara con los ojos entornados. “No me jodas, ¿te has puesto rímel?” Así que no me quedó más remedio que coger un bote de Betadine, tirarlo ruidosamente al suelo en mitad del quirófano, y acto seguido me dispuse a recogerlo, inclinándome lentamente, poniendo el culo en pompa hasta que me dolieron todos los músculos de la espalda (qué duro es hacer una gracia a veces, todo sea por la camaradería profesional), y no pude reaccionar antes de que Lolo se me echara encima partiéndose de risa, y me embistiera contra una de las mesas de la sala, lo tiramos todo al suelo y María Virtudes se puso a gritarnos. Entre “niñatos de mierda” y “payasos ignorantes” y demás improperios que nos entraban por un oído y nos salían por el otro, Lolo y yo permanecíamos tirados en una esquina del quirófano, jugando a lanzarnos la botella de Betadine. En mitad de nuestras carcajadas, nos percatamos de que el celador ya había entrado con el paciente en cuestión, quien pudo presenciar toda la escena desde la incómoda camilla. Mirándonos con los ojos como platos, el cuello tieso y las canosas cejas arqueadas, frunció el ceño y murmuró: “Vaya dos maricas me van a ver los huevecillos”. Como comprenderás nos fue imposible dejar de reír durante esa intervención, y durante las dos siguientes, cuando nos acordábamos. Después del divertido destrozo, el Doctor Santos, nuestro jefe, se puso serio y no volvió a mencionar el asunto del Betadine, aunque seguía preguntándome por mis apellidos después de operar, decía que de alguna forma tenía que imponerse.

Volé detrás de ella, intentando reconocer esos ojos que sobre la mascarilla me habían encandilado. No pude encontrarla. No pude. Pero entendí, sorprendido, que estaba enamorado.

Quirófano 7. Ella.

Cuando Sara y yo nos conocimos, en seguida conectamos. Las enfermeras me habían puesto sobre aviso. Decían que era una vasca de esas con la boca muy suelta y mal carácter. Muy mandona para ser tan joven y poco abierta a las críticas constructivas. Aunque quién sabe qué entendían ellas por críticas constructivas. Yo sin embargo me preocupaba demasiado poco por las habladurías que corrían en el hospital. Y menos aún si salían de esos hocicos. Eran un grupito muy peculiar, clones rubios, rostro de hiena, cincuentonas y malhumoradas, eran definitivamente las dueñas de la sala. La mejor – eufemismo - de ellas, María Virtudes (y no la llames Virtu o Mari, y mucho menos Virtudes, es María Virtudes con todas sus letras), era la más veterana de todas y por tanto, la jefa del clan. He de reconocer que María Virtudes era de las enfermeras la que con más destreza cogía las vías y cambiaba los sueros, y ponía los inyectables con un primor que poco hablaba de su verdadero carácter, tosco, frío y amargo. Aún recuerdo nuestro primer round, hará ya unos… ¡vaya! Cinco años casi.
Esa semana tenía que acudir a prácticas de cirugía general en el hospital universitario y ella ejercía de instrumentista-dictadora en el quirófano número siete - o como lo llamaban los adjuntos, el “Séptimo Reich” – Igual mirada retadora, ligeramente menos arrugada (¿Pacto con el Diablo?) salvo que decorada con una corona de cabello a modo de flequillo, de un dorado ictérico perjudicial para la vista y pelillos tiesos quemados a base de tanto secador, que sobresalía audazmente del gorro de plástico, creo yo con objeto de salvarlo de aparecer deformado por la presión de la gomilla tras una larga y sudorosa jornada de trabajo. Porque era María Virtudes. Y María Virtudes se colocaba el gorro como quería. Como si se ponía unas bragas con tres claveles rojos.
Está claro que en ese momento de mi formación yo era bastante inexperta y no había puesto el pie en demasiados quirófanos, pero obviamente sabíamos lo básico, y lo básico era que no había que tocar lo verde. Verde=estéril=ROTUNDAMENTE PROHIBIDO tocar lo verde. “Verde, caca” nos decían algunos cirujanos en tono simpático. Pero María Virtudes no era simpática, María Virtudes no era agradable. En cuando entré en la sala olió mi carne fresca de estudiante de medicina y no me quitó de encima su ojo carroñero oteando desde una banqueta junto a la mesa de instrumentación. Yo eché un vistazo rápido por el quirófano y me percaté de que tenía su mirada clavada en mí, en mis movimientos, mis manos y pies – Presión -. Caminé, un pie delante del otro, paso a paso, con mil ojos por delante y por detrás, buscando cosas verdes para poder esquivarlas, acercándome a la camilla, amurallada por dos cirujanos y otros tantos residentes, serios y silenciosos, con toda su concentración dirigida hacia el campo operatorio. Volví a mirar a María Virtudes, sentía el peso de sus ojos amenazantes sobre la nuca. ¿Estaba sudando? Yo nunca sudaba, ¿cómo era posible? Mi maldito compañero de prácticas me había vuelto a dejar colgada. Ya hablaría con Jorge, no sería la primera vez que le repetía lo incómoda que me encontraba al tener que aparecer yo sola en los servicios, porque era como la miel para los abejorros de las enfermeras y no hacían más que pincharme por cien bandas mientras yo sólo tenía una boca para defenderme. Cuando Jorge se dignaba a aparecer por prácticas, lo cual ocurría de higos a brevas, el cuento cambiaba radicalmente. Metro noventa, piel bronceada, barba de cuatro días, melena castaña encuadrándole el masculino mentón y ojos grandes color caramelo. Nariz chata apetecible. Súmale una bata blanca y un fonendoscopio al cuello y he ahí la razón por la que nadie me pinchaba. Simplemente porque yo no existía. Y era maravilloso. “Espero que la resaca te esté matando, capullo”. A mitad de camino me detuve delante de María Virtudes para devolverle la mirada con toda mi atención. Gotas de sudor descendían por mi columna.
- ¡Eh tú! – salí del trance – ¿Has tocado la mesa?
- … ¿Perdón?
- Que si has tocado esa mesa.
Por un momento me hizo dudar, ¿había tocado la puñetera mesa? Dios y estaba toda forrada de verde, con el cuidado que había puesto… ¿La había tocado? El cirujano se volvió para mirarme. Como esperando la respuesta. Como diciéndome con los ojos que si había tocado la mesa ya podía desaparecer de allí lo antes posible. Que contaría hasta tres y entonces me mandaría a María Virtudes para que me echara del quirófano de una patada en el culo. Pero entonces recordé que lo más probable era que no hubiera tocado la mesa.
- No la he tocado.
- Te he visto. – “Sé que me estás mirando vieja paranoica, pero no has podido verme tocar la mesa porque NO LA HE TOCADO.”
- Creo que no…
- Está bien. Pero como se te ocurra tocar la mesa a la calle, ¿entiendes? – “¡Será zorr…!”
- Aha…
- ¿Me oyes? Que la mesa está estéril y como la toques vas a contaminarlo todo. Estos estudiantes de mierda que entran aquí sin saber un carajo y siempre nos meten en un berenjenal a las encargadas de quirófano…
Eso ya era suficiente. Lo que María Virtudes no sabía era que mi estúpido y silencioso “aha…” no se debía a una extrema timidez, sino al simple shock del momento, y lo de “estudiante de mierda" fue la bofetada que me sacó de la conmoción. Y entonces llegó el vómito de palabras.
- ¿Con qué champú te lavas la cabeza?
- ¿Qué has dicho?
- Me preguntaba si te lavas el pelo con un champú estéril o si simplemente no te preocupa que toda la mierda de tu flequillo caiga encima de la instrumentación -. Está claro que no me había levantado con el pie derecho ese día…
Entonces el cirujano jefe la miró y le dijo algo así como “el flequillo para adentro” y noté que uno de los residentes me guiñó un ojo, y entonces sentí que él también había sido una presa fácil en las garras de María Virtudes. De este modo, aunque suene extraño, sentí que me había ganado su respeto. Y cada vez que aparecía acompañada por Jorge (o doctor Clooney, como era popularmente conocido), arqueaba las cejas (ya visibles, sin tupé que las escondiera) a modo de saludo, y en seguida fijaba su desafiante mirada en mi compañero como dando por sentado que sólo confiaba en mí y en que no contaminaría nada, como demostrándome que ya no era necesaria supervisión alguna por su parte.
María Virtudes fue la que me habló de Sara. Yo sabía que no sería tan mala como la pintaban, nunca nadie era tan malo como lo pintaba María Virtudes; además me advirtió “El otro día me llamó Virtu” y entonces comprendí toda su aversión hacia ella. Sara había llegado hacía un mes a Granada para ocupar un puesto de trabajadora social en el hospital, y hasta aquel día, sorprendentemente después de un mes entero, aún no habíamos requerido sus servicios. Pero cuando de nuevo tuvimos la oportunidad de dar de alta al legendario Mohamed, un joven nigeriano VIH con un largo historial de enfermedades infecciosas, tuvimos que llamar a trabajo social para ver qué diantres hacíamos con él esta vez. Sara no tardó más de un par de horas en solucionarnos la papeleta así que nos sentimos aliviados en el servicio y en pago le ofrecí salir a tomarnos unas cervezas después del trabajo a condición de no hablar de medicina, del hospital ni de María Virtudes. Yo había quedado con Jorge, Miguel y Lu, que nos quería presentar a su novio, Javi. Migue y Sara conectaron en seguida, Javi nos encandiló y después de tres cubatas y rompiendo descaradamente nuestro pacto, Sara soltó un par de burradas sobre Virtu y eso nos unió aún más.

8 de marzo

Conocí a Sara un par de años después de que terminara la carrera de Trabajo Social en Bilbao, cuando acabó las prácticas para una ONG. En realidad, el final de sus prácticas fue, digámoslo así, prematuro, digamos que tuvieron que “quitársela de encima”.
La chica era entusiasta como ella sola y no había duda de que llevaba a cabo su trabajo con gran pasión y dedicación. Las mujeres maltratadas lo valían. Hasta que comenzó a filtrarse a escondidas en los archivos de la oficina principal para anotar teléfonos y direcciones de algunos de los asaltantes… Al principio se lo tomó como un reto, quizás pensó que podía llevar a cabo una gran hazaña e incluso instaurar una nueva táctica de abordaje en relación a este tema tan peliagudo. Quiso ponerse en contacto con alguno de los que seguían en la calle (que eran la mayoría) y convencerles para que asistieran a sesiones de terapia, que hablaran con la policía y se entregaran. A algunos les aconsejaba asistir a reuniones de alcohólicos anónimos, incluso les proporcionaba un listado con los mejores centros de desintoxicación y los horarios y ubicaciones de las reuniones que mejor les vendría de acuerdo a sus horarios laborales y su residencia. A uno incluso le recomendó el gimnasio al que ella asistía porque el entrenador de Kick Boxing era fantástico, hasta había ganado varias medallas en campeonatos nacionales “Y así desfogas, ¿eh? ¿Qué te parece la idea?”.
Sara era una ingenua con carácter, de esas que creen que pueden mover el mundo con un dedo y es capaz de convencer hasta al más excéntrico de que efectivamente puede. Sencillamente pensaba que no sólo se debía prestar ayuda a las víctimas, sino que también ellos, ya que no estaban encerrados y pudriéndose en la cárcel y que a lo sumo eran castigados con una estúpida orden de alejamiento, eran a su modo víctimas de una violencia intrínseca que debían controlar por el bien de todos mientras siguieran sueltos por la calle como los animales salvajes que eran.
La cuestión es que todo este plan fue impulsado por una chica, más joven que Sara (que por aquel entonces tendría unos veinticinco años), acudió por primera vez al centro con un ojo morado y el malar derecho fracturado, después de haber tenido una “pequeña” discusión con su novio.
Su novio era un imbécil alcohólico aún más joven que ella, un cabrón imberbe con la mano floja y demasiado ron en la sangre. Obviamente no quería ocultar el hecho de que él la había agredido, ya que ella había acudido a una organización que trabajaba a favor de las mujeres maltratadas, pero el caso es que no quería darle mucha importancia al asunto. Sara estaba ya harta de niñatos despechados e iracundos que se echaban a beber, como si no tuvieran ya bastante los imbéciles con ser unos adolescentes con cara de paella. Muy patéticos, conduciendo temerariamente y lanzando piedras a los gatos, y agrediendo a verdaderas mujercitas que les sacaban tres cabezas. Desde su puesto en la ONG, Sara sólo atendía a chicas jóvenes, digamos que eran casos menos complejos, no había hijos de por medio y generalmente las palizas no eran una costumbre, ya que no vivían juntos y no entraban en el temido círculo del maltrato (te agredo – me arrepiento – luna de miel – te vuelvo a agredir…). Puede que por esa razón Sara pensaba que podría hacer algo por estos chicos; en realidad, había días que ni siquiera los veía como verdaderos “agresores profesionales”, sino como niñatos a los que se les iba la mano, que no sabían controlar su ira porque vivían en ambientes crueles, se relacionaban con malas influencias, tomaban drogas, todo a la vez o qué se yo, porque no fueran lo suficientemente maduros como para respetar a nadie. Pero al contrario que a los hombres hechos y derechos que agredían a sus mujeres delante de sus hijos, las violaban, las amenazaban, y repetían una y otra vez, sin ninguna excusa, sin razón… a éstos los veía como pobres diablos malcriados con la fuerza de un hombre, que se cabreaban más de la cuenta, como unos “delincuentes reversibles”.
Pero llegó un día detonante, que hizo estallar su teoría fracturándose en mil hirientes pedazos. Esta joven del pómulo destrozado, que apenas aparentaba sus diecinueve años, acudió a ellos a los cinco meses de su primera vez, y luego a los dos meses, y un poco más tarde, a las tres semanas, Sara recibió una llamada desde el hospital: el imberbe le había clavado un cuchillo en el abdomen cuando ella le confesó que estaba embarazada. No murió, pero perdió el bebé, y ya no podría tener más. Antes de que se instruyera la investigación y todo llegara a juicio y demás, Sara ya se había presentado en casa del chico, y con cuchillo en mano, lo amenazó literalmente con “cortarte esas pelotas impúberes para que sepas qué coño se siente, maricón”. Total, que el plan de salvar el mundo se fue al carajo, ella se llevó el despido porque cometió el pequeño error de personarse vistiendo una de las camisetas de publicidad de la ONG, con colorido logotipo y números de teléfono incluidos, y el crío acabó libre y “a la espera de medidas” porque resultó que era menor de edad.
Tanta indignación le recorría el cuerpo, todas las noches, todos los días, que Sara no podía ni siquiera probar bocado. Así que su madre le acusó de estudiar una carrera tan comprometida y vocacional. Vale, estaba claro que era su vocación ayudar a los demás, se daría otra oportunidad, sólo por ser su vocación. Pero tendría que viajar, largarse de allí, no podía arriesgarse a tropezar con el adolescente belicoso, o peor aún, averiguar de alguna forma que finalmente había conseguido matar a esa pobre niña. No, eso no podría soportarlo. Tenía que irse de Bilbao por un estúpido mocoso cara cráter. Y aterrizó en Granada, y aterrizó en mi hospital.

Conclusión: No a las despedidas de solter@

El día de la boda de Alfonso y Belén fue un día bastante intenso. Sabíamos que iba a haber movida cuando amanecimos tiradas sobre la moqueta de un dormitorio en el apartamento de una extranjera que decía llamarse Marilyn Monroe; pero la que en ese momento lucía la peluca estilo Marilyn era Alejandra. La tenía puesta del revés porque le asomaba la etiqueta en mitad de la frente y los blanquecinos cabellos sintéticos contrastaban con su enmarañada melena castaña recogida en un enorme moño derruido. Mi problema, sin embargo, no era tanto el pelo como el maquillaje. Mucho que ver con Joker. Carmín rosado en todos sitios menos los labios, rímel en todos sitios menos en las pestañas y mucha purpurina, eso sí, en las mejillas.
Fui la primera en incorporarse, y en cuanto me miré en el espejo de gran aumento que Marilyn Monroe tenía apoyado sobre el alféizar de un ventanal, y caí en la cuenta de que era yo la que veía reflejada en él, y que el espejo no era un televisor, y que mucho menos estaban dando “Batman, El Caballero Oscuro”, salí corriendo de la habitación como alma que lleva el Diablo gritando la palabra "baño” en todos los idiomas que me venían a la cabeza (la mayoría de ellos inventados seguramente). Marilyn Monroe estaba en el comedor, al otro lado de un mostrador en lo que parecía ser una cocina en miniatura. Olía a café. No todo iba a ir mal. Me hizo un gesto con el brazo indicándome que girara a la derecha al entrar en un pasillo con las dimensiones de una pista de atletismo. ¿Cómo pueden estos guiris permitirse un piso tan enorme? Cuando Ale se quedaba a dormir la mona en casa de Belén y Alfonso, se tenía que conformar con el sofá, la bañera, la repisa de la cocina, un armario, o un hueco entre Belén y Alfonso, en su cama. Primera puerta a la derecha: extranjero con acento francés, negro, alto y fuerte (me hubiera gustado ver más, pero por su cara deduje que él no sentía lo mismo). Segunda puerta: la blanca y radiante novia, me refería a la cara pálida y sudorosa de Belén, gracias a una resaca del quince. Sola en el dormitorio (uff). Tercera puerta a la derecha: ¡el baño! Como una bala me dirigí al lavabo no sin antes mirarme de nuevo al espejo y asustarme, otra vez. Me lavé la cara con agua congelada, me coloqué un gusano de pasta de dientes en el dedo índice y lo usé a modo de cepillo de dientes (inútil, no lo pruebes), y me peiné la melena con los dedos.
Perfecto, me había dormido con la ropa de la noche anterior así que una cosa menos por la que preocuparme. Cuando volví al comedor-cocina, Marilyn Monroe estaba preparándole una tila a Belén y Alejandra estaba desenredándose el pelo. Marylin ya se había apropiado de la peluca. ¿Y Esther? ¿Dónde está Esther? La respuesta fue la tercera puerta a la izquierda, enfrente del baño, otro negro francés con ella.
- ¿Qué coño…?
- Erika… Hola… No es lo que parece.
- ¡Esther! ¿Pero qué has hecho? – estaba escandalizada. Sabía que las despedidas de soltera no siempre acababan como una esperaba, cada una en su casa, en su cama, con su pijama, y sin dolor de cabeza. Podía soportar lo de la casa de otra, el suelo de otra, la ropa del día anterior, la resaca intestinal y la cara de Joker, pero los cuernos no eran negociables. Además, ¿quién nos mandaría celebrar la despedida el día antes de la boda? Luego no hay tiempo material para arreglar los estropicios.
- Erika… - me di la vuelta violentamente, el francés seguía desnudo cuando salió de la cama - Erika ¿a dónde vas? No se lo digas a Javi, por Dios, no hemos hecho nada. ¡No ha pasado nada Erika! Créeme por favor… No me hagas suplicar.
¿Que no te haga suplicar? Orgullosa hasta en el corredor de la muerte. Además de adúltera. Zorrón gaditano. En realidad no sabía qué hacer. Había que ir a una boda. La boda de Alfonso y Belén.
Javi iba a estar allí, esperando a Esther, vestido de esmoquin en contra de su voluntad, con un fajín de color lavanda a juego con la chaqueta que llevaría Esther. Empapado en colonia y engominado hacia atrás. Ese no era Javi. Era un patético calzonazos. Tenía que decírselo, sí, era lo mejor. Ahora sólo tenía que encontrar mi móvil. Tras una breve parada en el baño para vomitar, colocarme el flequillo con el pulpejo de los dedos y repetir la operación del falso cepillo de dientes, salí al pasillo y volví al comedor-cocina en silencio, ya que no quería alterar más a Belén, que estaba inmersa en su tila manteniendo una entretenida charla con Marilyn Monroe. Alex seguía peleándose con su melena, así que se retiró al espejo de gran aumento.
- ¿Entonsés, tú sabés cosinag?
- ¿Que si…? Ah sí, cocina española, muy rica.
- ¿El qué sabés cosinag? ¿Tú vives sergcá de acá?
- Eeh… Ah sí, cerca… No sé, ¿dónde estamos? – era obvio que la tila le estaba sentando de maravilla. De lo contrario se habría levantado de un bote y dado varias vueltas corriendo por la habitación gritando que cómo carajo habíamos llegado hasta Francia.
- Nos vamos ya Marilyn Monroe –atajé.
- Pejo Belén me dise cosás de cosina españulá. Y no conosés a Sidney Poitier – sospechaba que Sidney Poitier era alguno de sus compañeros de piso.
- No, no he tenido el gusto, pero por pedir me gustaría conocer a Denzel Washington, ¿está por aquí? O mejor me presentas a Samuel L. Jackson, o qué coño, el de la primera puerta a la derecha es Usher, ¿a que sí? Nos vamos ya, la cocinitas se casa esta tarde.
Agarré a Belén del brazo y con la otra mano le quité la taza de tila y la planté en la mesa de un golpe tal que se derramó toda. Marylin Monroe no abrió el pico y la limpió. Chica inteligente. Los franceses respetan a los dingos furiosos.
- ¿Pasa algo? – me preguntó.- Nada en absoluto. Tenemos que irnos, ¡hoy te casas!
Belén soltó una risita estúpida. Entonces reparé en que tenía toda la manga del vestido empapada en té, así que me la remangué y ahí estaba, mi reloj nuevo, un reloj precioso con la esfera nacarada y pequeños brillantes entrelazados que hacían de manillas. No resistente al agua, por supuesto, soy una mujer con clase. Con tanta clase que mi primer impulso fue pasar la lengua por el cristal para absorber cualquier resto de líquido que pudiera penetrar por la más ínfima rendija. Para mi sorpresa la tila no sabía a tila, ni a té rojo, ni a té negro, ni siquiera sabía a té (no conozco más tipos, yo soy irremediablemente cafetera). “¿Es marihuana?” ¡Era marihuana! Segunda risita estúpida de Belén. Ya iban dos risitas estúpidas y no eran ni las once de la mañana.
- ¡¿Le has dado maría?!
- ¿Perdone moi?
- ¡Que has colocado a mi amiga, francesa pirada!
- ¿De qué coño hablais? - Alex había conseguido al fin domar su cabello.
- Nos vamos de aquí, Belén ha bebido maría.
- ¿Qué? … ¿Y Esther?
Joder, Esther…
- Voy a por ella. Coge los abrigos y los bolsos. Comprueba móviles y monederos. A saber cuánto nos costará un taxi desde aquí.Me encontré de nuevo en el pasillo abriendo puertas de par en par, porque Esther había desaparecido. Ya no estaba en la tercera izquierda, y tampoco su Sidney Poitier. Cuarto de baño despejado. No pude entrar en la última habitación porque la puerta estaba atrancada y cuando fui a abrirla de un codazo (¿en qué estaba pensando? ¿Que iba a abrirse de un codazo?), reboté contra la pared, tropecé con una esquina levantada de moqueta, y acabé otra vez dentro del baño dándome de morros contra en váter. Aproveché para vomitar.
- ¡Erika, como tardes mucho me pongo un café!
- ¡Ni se te ocurra!
Esther definitivamente había huido de la escena del crimen.
De nuevo repetí el ritual flequillo-pseudocepillo de dientes y de un salto me presenté en la minicocina. Alejandra me miraba interrogante y yo hice un gesto para que nos fuéramos apresuradamente. Supo que tenía algo que contarle pero no preguntó nada, la boda tenía que salir bien. Sujetó a Belén por los hombros y salimos a la calle como tres turistas en su primer día en una ciudad extranjera, sin mapa y a la aventura. Nos alegramos cuando, efectivamente, el taxista hablaba nuestro idioma, nos sentamos a ambos lados de Belén en los asientos traseros, abrimos las ventanillas y rezamos porque tuviéramos suficiente dinero para pagar el viaje cuando llegáramos a casa. Por el camino Alex dijo que le sonaba un grafiti con la forma de un niño metido entre dos rebanadas de pan de hamburguesa que había en un muro así que volvimos a alegrarnos, estábamos en Granada.
- ¿Vas a contarme ya dónde coño está Esther?
- Shhh… - susurré – sonríe por Belén…
- ¿Qué habrá hecho la zorra gaditana esta vez? – Alex formuló la pregunta sin dejar de sonreír, castañeando sus blancos y aperlados dientes.
Una hora y cuarto más tarde llegamos a mi casa, donde teníamos preparado todo el equipamiento pre-boda esperando a ser activado para el gran día, sorprendiéndonos de lo grande que puede llegar a ser la ciudad. Como era de esperar, el contador superó nuestro presupuesto a la altura del grafiti del niño-hamburguesa, así que tuvimos una hora más para idear un buen plan. Podríamos saltar del taxi en marcha, pero eso nos dolería a todas menos a Belén, golpear en la cabeza al conductor en un semáforo en rojo y huir, o llorar un poco. Ninguna de las opciones nos parecía lo suficientemente viable. Entonces recordé que Marcos dormiría en mi casa ese día, después de la despedida de soltero de Alfonso, porque estaba repintando su apartamento y la pintura le daba dolor de cabeza (el olor, según él, a mí me lo daba el color rojo fuego de una de las paredes de su nuevo dormitorio). Perfecto, entraría y le pediría dinero a Marcos. Y aunque los últimos diez minutos del trayecto me dio por pensar que si nosotras habíamos aparecido en casa de Marilyn Monroe, no había motivos para pensar que ellos no hubieran terminado la noche en el chalet de Brad Pitt, cuando abrí la puerta del dormitorio allí estaba, como un angelito, dormido, con su pijama. No pude evitar regocijarme, no había rastro de ninguna francesa negra. Podría haberme ocurrido a mí.
- Psss pssss, Marcos despierta. ¿Dónde tienes la cartera?
- Eehmm…
- Necesito dinero para el taxi, no hay tiempo. Me están esperando fuera.
- ¿A dónde vas?
- ¿Que a dónde voy? (Cualquier lugar menos Francia… ) La cartera, ahora te cuento.
Marcos coló la mano dentro de la sábana y sacó un billete de cincuenta euros sin despegar la cara de la almohada. Anonadada, agarré la sábana y la aparté a una esquina de la cama. Los bóxers de Marcos estaban llenos de billetes.
- No me digas que…
- ¡No! ¡No lo digas! – rápidamente pegó un saltito y se dio la vuelta en la cama, colocándose bocarriba, ligeramente incorporado, con los codos apoyados sobre el colchón.
- Has hecho…
- ¡No lo digas o te…!
- La danza del vient…
Antes de que pudiera acabar la frase Marcos se lanzó sobre mí y me volcó en la cama, con la cabeza y medio tronco asomando por el borde, me hizo cosquillas como un colegial chincha a la chica que le gusta, y cuando me rendí se relajó, echó todo su peso sobre mi cuerpo y me dio un dulce mordisco en el labio superior. Luego, permaneció mirándome a los ojos por unos instantes, sintiendo mi respiración agitada, aún más relajado, más pesado cada vez… Y de nuevo me besó, esta vez con más intensidad, yo enredé mis piernas a las suyas, lancé una mano a su cabeza y le apreté el pelo con fuerza. Mientras seguíamos besándonos, descendí la mano por su cuello, luego bajé acariciándole la columna y los omóplatos. Él se aferró fuertemente a mi muslo, apretándolo dulcemente, descendiendo a la vez que yo lo hacía. Cuando pude alcanzar el límite de su espalda, palpé su basculante cadera e introduje la mano bajo su ropa interior. Conseguí al fin hacerme con otro billete. Seguidamente, en menos de un parpadeo, conseguí desenredarme de su cuerpo y me deslicé bajo su musculoso costado, con semblante triunfador.
- No me daba con los cincuenta – argumenté divertida. Y salí corriendo.
- ¡Mala mujer! ¡Vuelve, y acaba lo que has empezado!

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