martes, 2 de noviembre de 2010

No es un cuento de hadas.

Hace muchos años nació una niña en el seno de una familia humilde y sólida. Su padre amaba a su madre y ella así le correspondía. Se conocieron una tarde soleada hacía muchos más años, cuando cruzaron miradas, y no fue hasta un tiempo después cuando cruzaron su primera palabra. Desde allí hasta ahora siguen siendo esos niños que se miraron y quisieron al mismo tiempo.

Esa niña creció enredada a sus padres y sus historias. Admiraba a su padre por su cultura, su preocupación por los detalles y su capacidad de cambio para adaptarse a los malos momentos. A su madre por su fuerza de voluntad, su sentido del humor y su empatía. Y admiraba a los dos juntos como a una sola persona que reunía todas esas cualidades.

Comenzó a leer libros a edad muy temprana, libros cómicos y de aventuras, libros para niños y algunos para adultos. Eran su ventana para comprender un mundo al que ella aún no pertenecía, pero se moría por hacerlo. Su curiosidad era demasiado grande. De esos libros sobre animales de granja y clases de instituto saltó a la intriga, el terror y las relaciones humanas, la vida cotidiana, historias de amor y desamor en las que el primero vencía en todas las ocasiones, como observaba en su día a día. Y nunca se preguntó por qué aquéllo tenía siempre lugar, porque simplemente no era una pregunta que concibiera formularse.

Aún era muy joven cuando comenzó a escribir libros en su mente, en los que ella era la protagonista. Cuentos en los que, como una vez su madre y todas aquellas mujeres de sus historias favoritas vivieron, cruzaba con alguien una mirada y lo quiso al mismo tiempo. Ese hombre era siempre bueno como su padre y a veces no tan bueno, pero su amor por ella lo hacía cambiar. Ella pensaba que tenía que haber alguien en su mundo que se daría cuenta de quién era ella, como ocurría en los libros, la persona que lo haría feliz, sólo por ser como era.

Creció impacientada por cumplir sus fantasías, cerró un día los libros y salió a la calle, iluminada, ingenua y feliz, porque por fin iba a vivir en persona todo lo que ya vivió dentro de sus ideas. Qué excitante fue cuando cruzó su mirada y quiso al mismo tiempo a su primer amor. Sin hablar, sin una seña o saludo, pero se iba plena y esperanzada a dormir cada noche, alimentada por la fantasía de que el día siguiente iba a ser ese día, el día en que cruzarían su primera palabra y de allí nacería todo lo demás. El despertar era el momento más feliz, porque amanecía con la esperanza renovada, cargada y completa, y ésta no hacía más que envejecer, agotarse y disminuir conforme pasaban las horas. Pero la niña sabía que en la noche iba a dormir para despertar otra vez expectante, pensando en él, la mañana siguiente. Tras un largo año de risas matutinas y llantos vespertinos, la personalidad de la joven fue quebrándose poco a poco. Sentía que ya no era tan feliz por las mañanas porque ya no confiaba en que aquél fuera el día, y cada vez se iba a la cama más triste porque sabía que a la mañana siguiente iba a estarlo más aún.

Entonces pasaron los años y ya no volvió a verlo. Pero ella recuperó su vitalidad dándose un baño diario en los cuentos que recreaba en su mente, donde se sentía protegida y realizada. En su cabeza creó al hombre que la quería, con un porte formado a retazos de otros hombres a los que admiraba y una forma de ser algo difícil, pero moldeable y buena, en el fondo.

Una fría noche esa joven cruzó otra mirada y volvió a querer, después de tanto tiempo encerrada en su cabeza. Pero tanto quiso que tuvo miedo de perder, como la vez anterior. Y tan curiosa e impaciente se había criado, que no tuvo otra más que cruzar a la vez su primera palabra, rompiendo el mágico cuento que sus padres habían vivido. Desde allí hasta un año después no fueron los niños que se miraron y quisieron al mismo tiempo, si no la niña que quiso a alguien que en realidad no la quería, pero ella se conformaba con estar cerca de él. Porque él reunía todas aquellas maravillosas cualidades que el compañero perfecto debía reunir, salvo la más importante de todas, ser su compañero. Durante todo aquel año ella no fue ella, fue quien él quiso. Porque ella no podría vivir si él algún día la dejara por no ser quien él deseó. Y constantemente se esforzaba, día tras día, mes tras mes, hasta que él se marchó, casi por sorpresa, y no la quiso en su futuro. Cuando, en la mente de la joven niña, eso nunca podía pasar. No lo comprendía. Su padre nunca se había ido. Ni el hombre de sus historias. Así que se vio obligada a volver con ese hombre durante un tiempo, porque él nunca la abandonaba y le hacía sentir bien. Pero este amante imaginario se volvió un ser absorbente y modélico, ideal y perfecto, y ella se hizo totalmente dependiente de él. No quería a nadie más que al hombre de su cabeza.

Años más tarde despertó y volvió a salir, y esta vez cruzó una mirada con alguien a quien no amó al mismo tiempo. Pero a quien se esforzó por amar. Decidió dedicarse a él porque él era un compañero, aunque no fuera ninguna de las demás cosas que ella quería que fuera. Lo intentó. Mucho. Él la quería. Ella era ella porque él la quería así. Pero un día, después de dos oportunidades y mil noches de lucha contra su amante imaginario, quien celoso, no le permitía amar a otro que no fuera él, éste venció la batalla y ella se rindió. Y decidió abandonar la lucha para seguir el borroso camino que la guiaría hasta Él, quien la esperaría en carne y hueso detrás de una cortina de humo.

Y un día el humo abarcó una dura etapa de su vida en la que las preocupaciones la abrumaban y el temor al fracaso la estrangulaba. Por ese motivo ella pensó que el hombre que apareció como por arte de magia detrás de todo ese caos era Él, en persona, tal y como ella lo imaginaba. Era perfecto, a simple vista. Pero en realidad, de ese hombre de sus sueños, era tan sólo la fachada, una proyección, un holograma, vacío en su interior. Y como el espejismo que fue, la hizo sentir bien y la sacó de ese abismo, llenando su vida de banalidades, drogas y promesas, y en escasos meses se esfumó, para hacer feliz y desdichada a otra mujer, y luego a otra y a otra.

Esa niña que sin querer se hizo mujer, se fue ese día a la cama y no tuvo sueños esa noche. Ni la noche siguiente. Y jamás se permitió volver a soñar despierta. Encerró a aquel hombre de sus historias en un resquicio de su memoria y se tragó la llave. Admiraba a su padre por su constancia, su inteligencia y su ingenuidad, y a su madre por su paciencia, sus consejos y su dedicación, y aún los admiraba como a una sola persona que reunía todas aquellas cualidades. Pero ella ya no quería eso. Sabía que era cosa de ellos, algo único por lo que no valía la pena que ella luchara.

Entonces un día salió a la calle. Sin pensar y sin querer. Con prisa y con miles de notas en su cabeza. Notas sin hombres ni amor. Pero en contra de su voluntad cruzó una mirada y quiso al mismo tiempo. Aunque ella no quería.

Ella temía a aquel hombre, pues se parecía al de sus sueños. No era bueno, pero sí difícil. Moldeable, en el fondo. La quería, tal y como ella era. Compleja e insegura, muy diferente a la niña que tanto leía en su habitación. Ya no tenía esperanza pero sí miedo. Y ella no debió cambiar por él, ni quería hacerlo. Porque, a pesar de todo, él la quería.

Pasó el tiempo y ella comenzó a soñar de nuevo, cuando se acostaba junto a él. Soñaba que el hombre de sus sueños recuperaba la llave y salía de su calabozo para llevarla con él, y ella se despertaba sobresaltada. Le tenía mucho miedo. Pero al abrir los ojos allí lo encontraba, en carne y hueso, tumbado a su lado. Y parecía tierno e inofensivo. Así que ella tomó la decisión de dejarse llevar y ya no se reprimió. Volvió a soñar con historias de amor y desamor, en las que el primero siempre vencía y de las que ella era la protagonista. Ella junto a él. Las dificultades surgían y se superaban, casi sin esfuerzo, porque valía la pena. Hasta que una de ellas los superó. Él se marchó y ella no pudo ir con él. Pero esa fantasía que poco a poco se había ido formando a lo largo de los meses, esos sueños que ella soñaba cuando dormía junto a él, pasaron a ser, un día que ella no recuerda, su nueva realidad, y le despegaron los pies del suelo. Se ofreció a esperarle con paciencia, porque valía la pena. Le ofreció fidelidad y amor incondicional. Le ofreció ser incluso hasta lo que no podía ser. Porque ella pensaba que valía la pena. Pero él no le correspondió y fue muy duro con ella.

Esa mujer volvió cabizbaja a su cama, demasiado grande sin él, y esa noche no soñó. Ni la siguiente. Ni la otra.

Y un día no muy lejano despertará, después de un sueño sin sueño, y volverá a cruzar una mirada y querer al mismo tiempo, aunque ella para nada quiera.

jueves, 14 de mayo de 2009

Respuesta a "La noche de los sofistas" de Jaime Martín

He aquí un amigo que sabe escribir lo que piensa. Que por otro lado, gracias a dios que no todos pueden. Querido Jaime, por dónde empiezo. Quiero no creerte. Para bien o para mal tu teoría del "galanteo" - por no vomitar otra palabreja más gráfica - ha caído bajo los ojos de una romántica en peligro de extinción. Quién lo diría, ¿eh? en pleno siglo XXI...

Así que a los demás me dirijo con un: Tú y yo todavía no nos conocemos. Pero eso va a cambiar. Va a pasar de la siguiente manera. Pero oye, antes de que te lo cuente me tienes que prometer que te harás el sorprendido.
Digamos que te veré en el pub de siempre.
Eres nuevo.
Te miro y me devuelves la mirada, yo la retiro. Te vuelvo a mirar y sonrío. Tú sonríes. “Vaya, esta barra de labios es buena…”
Tú seguramente no te acerques a la primera, necesitas alcohol, porque en tus sueños alguien te ha dicho que las tías van por ahí sonriéndole a cualquiera. Al principio dudas, “no es una señal, no es una señal, tres cervezas y le entro, a ésta me la llevo al catre”. Yo te seguiré con la mirada hasta la barra, “vaya, creí que vendría”.
Pienso que eres interesante, pareces sexy, seguro, un buen conversador. Querría darte mi teléfono. Si vienes te doy mi teléfono. Tengo que conocerte.
Dios, ya vas por la tercera y no dejas de mirarme, ¿a qué juegas? ¿Vas a hacer algo? No pienso emborracharme, esta vez no. Quiero estar al cien por cien cuando hablemos. Puede que un Malibú con piña, hace mucho calor.Por fin te decides, joder, están a punto de cerrar.
¿Qué coño?
Pero si no te tienes en pie y te cuesta trabajo hablar. No he entendido qué has dicho pero tienes la voz bonita, lástima que deformes esa sensual boca cada vez que se te traba la lengua para soltar otra misógina disertación sobre el “Mito de la cabrona” de Patón, lo cual me hace deducir que no sólo te has bebido esas tres cervezas. Si te acercas a mi oído no hace falta que grites, y sí, joder, te suena mi cara porque nos hemos visto hace dos horas. Conversación ofensiva, no sensual.
¿Podrías ser más patético?
Es la cuarta vez que me llamas filósofa, cuando te he dicho que estudio medicina, y por enésima vez, no, no te estoy tocando el muslo, es que el pub está petado. Vale, veo que no tienes intención de largarte, así que me iré yo. ¿Que si mi casa o la tuya? Yo a la mía, por supuesto, y sola.
Bien, hacha, has captado mis señales y me pides el número de teléfono. Siete dígitos, te doy siete dígitos y ni uno más. Total, con el ciego que llevas como si te doy diez letras. G.I.L.I.P.O.L.L.A.S.

Amigo Jaime, si eres uno de esos especímenes de los que cazan a la hembra en el ecosistema de una discoteca, me alivia saber que, si llegas a cazarla, estarás saliendo de su casa antes de que ella se levante, porque te aseguro que a la luz del día, con seis copazas metabolizadas y eliminadas, pero aún con el sobrecogedor recuerdo del cortejo de la noche anterior, no te quepa duda de que se desharía de ti de una patada en el culo.
Bueno es que eres inteligente – y sinceridad no te falta – así que huye de la noche y el alcohol y atrévete con un café, que, al fin y al cabo, es donde se mojan los churros.

sábado, 18 de abril de 2009

La cuesta del Realejo

“Duérmete… deja la mente en blanco… Vale, esto no funciona… No puedes dejar la mente en blanco pensando en dejar la mente en blanco… serás estúpida… Venga, pon algo de música, algo relajante… ¡pero no la cantes, no! … Dios qué desastre… Algo de clásica, sin letra, estimulante, un poquito de Tchaikovsky… ¿cómo se escribirá Tchaikovsky? Es C H … ¡Mozart! Mozart… ¡el Requiem! El Requiem está bien… ¿Lacrimosa? Pues nada, el Lacrimosa… y encima ésta también me la sé… ¿de qué me sé yo el Lacrimosa? … Mmmm probemos con Chopin, Chopin es la caña, Chopin me va a dejar la mente en blanco… ¡Pero no la tararees, maldita sea!”

Me desperté vestida en mi cama, con los cascos incrustados en los oídos, el cable conectado al ordenador, y el ordenador sin batería. Los oídos, ¡auch, dolían mucho! “Premio, me llevo la sábana marcada en la cara y… ¡mierda! Son las 19.23 y me he perdido Anatomía de Grey. La tarde no puede ir peor, todo por culpa de las siestas de tres horas.” Había quedado con Inma en media hora para contarle los cotilleos de la noche anterior. Inma no pudo salir porque llevaba toda la semana con una amigdalitis rebelde, y cuando el miércoles parecía que iba a mejorar le vino la regla y salió a comprar zapatos para animarse, con tan mala fortuna que fue a colgarse del par de maravillas más inestables de toda Granada, y no recordando que la magia de nuestra ciudad reside en el exótico empedrado de los caminos, fue a empotrarse contra una farola en plena cuesta del Realejo delante de un montón de guiris. Tan estrafalaria fue la caída (lástima que me la perdiera, - Inma te quiero -) que el guía de los extranjeros brincó hasta ella para cogerla al vuelo y, después de un par de vueltas de campana el uno sobre el otro, el otro sobre el uno, qué sé yo, surgió la chispa (piedras y fricción, qué esperaban) y quedaron para cenar la noche en que nosotras salíamos. Y como estas cosas no ocurren todos los días, le prometí que le pondría al corriente de todo al día siguiente, sin ser consciente aún de que iba a echarme la puñetera siesta más larga de la historia.

- Inmi voy tarde.
- De perlas, yo también – debí habérmelo imaginado. - ¿Qué tal anoche?
- ¿No hemos quedado para eso? – de pronto sentí un intenso picor en los ojos - ¡Dame media hora, tengo una emergencia con el champú!
- ¿Por qué siempre me llamas desde la ducha?
- Adiós.

Mientras me duchaba a toda velocidad y tanteaba la repisa en busca de la mascarilla, intentaba ordenar los hechos en mi mente. Imposible. Alejandra me pidió que no se lo contara a nadie, pero Inma era Inma. Inma está entre las excepciones. Alejandra cantó y bailó “Love in an elevator” de Aerosmith unas cuatro veces en el karaoke aquella noche. La primera vez iba a cantarla yo pero me quitó el micrófono, la segunda la cantó a dúo con un carca que quería verla en el bar Chicago más tarde… y las otras dos porque quería improvisar un par de versiones de su propia cosecha. El modo blues estuvo increíble. Qué sentimiento.

- ¿Hello? – el hombre parecía un auténtico veterano de guerra.
- ¿Perdona? - ¿en serio hablaba conmigo?
- Yo español, ¿tú? – no era la primera vez que creían que era extranjera, y por extensión también lo eran todas las personas que me acompañaban.
- Yo también – según Alejandra no hay que pasar de dos palabras por frase si lo que quieres es que te dejen en paz.
- Your friend is muy guapa.
- ¿Quién? – Alejandra estaba sumergida en el mundo del flamenco pop con “Love in an elevator”, así que me hice la tonta y lo negué todo.
- Dile que quiero verla en el Chicago esta noche…

Ya se veía venir, pero fue ése el momento en el que Eva se avergonzó tanto que se largó del pub en cuanto tuvo ocasión, me dejó dinero para pagar los mojitos, cazó su abrigo y se perdió en la noche. No llegó lejos porque le atacó el “hambre del mojito” y decidió patearse las calles en busca de un apetitoso shawarma que engullir. Bendita Granada, benditos kebabs de media noche. Pobre Eva que no probó bocado del suyo. Encontró un pequeño y concurrido árabe en pleno Campo del Príncipe, que reunía todas condiciones de asepsia y antisepsia que se puede uno imaginar en un bar abierto a las cuatro de la madrugada, eso sí, según Eva “olía que alimentaba”, y como lo que no mata engorda dio un paso y se atrevió a pedir un kebab de pollo con falafel incluído, como si lo del pollo no fuera ya lo suficientemente preocupante. Cuando Eva salió del árabe concentrada en no pringarse con la salsa de yogur, reparó en que no estaba sola, sino que la plaza estaba llena de gatos callejeros, que la miraban fijamente. Eva pensó que era una mujer con suerte, porque podía gozar de sus dos cosas favoritas en la vida, los gatos y los kebabs, de una sola sentada, y que encima la noche no podía ser más cálida y serena, y mirando hacia el cielo pensó que no podía estar más estrellado. Pero en medio de las estrellas algo la cegó, era una luz extraña y parpadeante, cercana y encendida. No, espera, eran dos luces, dos luces parpadeantes y rasgadas, parecían… sí, parecían… Antes de que el cerebro de Eva tomara conciencia de que esos destellos eran los iluminados y grandes ojos de un gato negro que saltaba sobre ella desde un tejado, ya tenía al susodicho felino peligrosamente cerca de su yugular así que no tuvo otra más que correr, y en un par de microsegundos el instinto de defensa superó al del hambre y pensó que quizás lanzando el shawarma muy muy lejos lo distraería. Fallo. El shawarma atrajo a unos cuantos gatos más, gatos iracundos y enrabiados, de ojos fluorescentes como las estrellas. Eva bajó como una bala la cuesta del Realejo esquivando felinos volantes, hambrientos de falafel y de venganza, cuando tropezó con uno de ellos que pasaba casualmente por allí y nada tenía que ver en el asunto, y recorrió boca abajo y cuesta abajo unos cuantos metros de camino hasta que el rozamiento la detuvo lentamente justo ante los pies de un rubio alemán, que andaba buscando el Alhambra Palace. Inma me preguntará que cómo acabaron ambos en una habitación del Palace besándose, bebiendo té y viendo cómo la estrellada noche se despedía con un celeste amanecer. Yo le contestaré que Eva y su alemán aún siguen allí, así que tendremos que esperar a que la liberen para que nos lo cuente ella misma.


Eva nos llamó susurrando desde el balcón del hotel exactamente a las seis de la mañana. Nos habíamos quedado en el pub a puerta cerrada echándonos la última Guinness con nuestro camarero favorito, Johan, un chico holandés con un aire hetero a Rupert Everett. Cuando mi móvil sonó me retiré al baño y susurré tan solo porque ella lo hacía.

- ¿Eva pasa algo?
- ¿Sigues despierta? – curioso, me llamaba a sabiendas de que era muy probable que fuera a despertarme. Era señal de que algo gordo había ocurrido.
- Sigo aquí, ¿tú dónde estás? Necesitaría ayuda para transportar a Alejandra a un taxi.
- ¿Y Johan?
- No puedo pedírselo otra vez, aún le duele la espalda. ¿Qué pasa?
- Estaba a punto de morir y ahora estoy en el cielo…
- ¿Mande?

Y Eva me lo explicó todo. Bastante surrealista. ¿Qué era ese invento de los gatos? Pensé que al fin y al cabo no venía mal darle algo de sensacionalismo a la historia, mejor para Inma y para mí al día siguiente. En cuando colgué se lo conté todo a Alejandra y tras un momento de asimilación, de traducciones infructuosas para Johan y de repeticiones de detalles para Alex y su memoria de pez, nos percatamos de que Eva e Inma habían rodado la misma calle abajo en una misma semana y ambas habían acabado recibiendo un flechazo, enamoradas a primera vista, “cuesta arriba” con un nuevo candidato… En fin, qué extrañas coincidencias.

Alejandra no se sentía contenta esa última semana, de hecho, estaba muy descontenta. Las clases la agobiaban, tenía demasiados trabajos pendientes por hacer, sus padres se habían vuelto a ir a Cuba sin ella, y para colmo esa misma tarde había estado en quirófano varias horas y se había mareado dos veces. Pensaba meterse directamente en la cama una vez acabara en la clínica pero decidió que debía hacer algo más productivo como darle algo de qué hablar a sus amigas en el café del día siguiente. Y sin duda así lo hizo.

- Eri…
- ¿Quieres que nos vayamos ya?
- Sí… pero antes quiero encontrar a mi hombre.

No entendí ni una palabra pero no le hice el más mínimo caso, la levanté del taburete y ambas caminamos hacia la salida. Tras despedirnos de Johan nuestros caminos se separaron, y yo me dispuse a transportar el peso muerto de Alex a un banco de la calle donde esperaríamos a que un taxi caído del cielo pasara a por nosotras. Pero de pronto ella se enderezó, se quitó los tacones, y comenzó a caminar en dirección a la cuesta del Realejo.

- Por aquí no pasan los taxis, vamos a tener que bajar.

Estaba borracha pero lo que decía tenía sentido, en realidad no la dejé en el banco para esperar a un taxi, sino para esperar a que pudiera caminar por ella misma y salir a una calle lo suficientemente ancha como para que un automóvil de tamaño estándar no se quedara atrancado entre sus muros.
Puedo jurar sin miedo que para nada me esperaba lo que estaba a punto de ocurrir. Alex corrió hacia la famosa cuesta empedrada y, tras dejar a mi lado sus zapatos plateados, cogió carrerilla en la oscuridad y finalmente se lanzó sobre su trasero por la pendiente de adoquines, sacudiendo los brazos de forma victoriosa, mientras yo divisaba cómo su cabeza se sacudía con tal ímpetu que se le soltaron todas las horquillas que tan estratégicamente se había colocado. Menuda bajada. A eso lo llamo yo “ir de culo”. Una vez aterrizó se levantó de un salto que hizo que su falda se izara lo suficiente como para ver el destrozo que la calzada había ocasionado sobre sus pobres pantis. Muslos erosionados. Eso le iba a doler y nadie me prometía que no tuviera nada roto, Alejandra está muy delgada como para que su culo amortigüe un descenso de esa magnitud. Así que el taxista nos llevó directamente al hospital, donde Alejandra conoció a un enfermero encantador que le curó las heridas.

“Olía a dulce jazmín esa mañana. Blanca, reluciente y calurosa, húmeda pero agradable se despertaba la ciudad tras la tormenta del día anterior. Un septiembre cálido amanecía después de un año de sueño para dar nombre, apellidos y fecha a una vida recién estrenada. Llovía polvo de flores y la tierra empapada en granizo derretido rezumaba frescura que ascendía hasta los balcones para adentrarse en las casas de piedra por las ventanas de cristales empañados, y los trapos que colgaban de las cuerdas en los patios se columpiaban con la brisa matutina. El silencio silbaba y los sonidos se escondían, aquélla mañana se renovó serena, y el río arrastró consigo los desechos de la memoria, con la basura y el estiércol de las gentes, hasta perderse en el lejano mar Mediterráneo, donde todos seremos todos cuando nuestros recuerdos dejen de luchar por salir a flote. Estoy en Granada. Y mi amor está aquí. Estamos listos para reunirnos.”

domingo, 15 de marzo de 2009

"Erika. Voy a casarme."

Malditos sabelotodo repelentes aquéllos que no saben de qué hablan y a pesar de ello hablan por los codos. Dan vueltas y vueltas y vuelven al punto cero y desde ahí parten hacia otro sentido y vuelta a empezar.
- ¿Dónde estaba?
- Dando vueltas.
- ¿Cómo?
- Perdona, estaba pensando…
- Hablando de la salsa agridulce, no entiendo cómo no la ponen en todo. Yo podría vivir sólo de salsa agridulce; salsa agridulce para desayunar, salsa agridulce para comer, salsa agridulce… - desconecté en la merienda cuando reparé en que me estaba salpicando las solapas de la blusa con una puñetera gamba empapada en salsa agridulce. Pensé en un cerdo en salsa agridulce, enterito con manzana en boca, y su cara en la cabeza del puerco, sonreí y él se emocionó (error). Eva debió advertirle de que odio los chinos. Y yo debí advertir a Eva de que odio a los muermos amantes de la salsa agridulce, megalómanos, neuróticos y con pelos en las orejas, aunque en mi defensa debo alegar que ni por asomo me imaginaba que tendría el tino de organizarme una cita a ciegas con el mismísimo engendro del Diablo.
- Perdona pero creo que…
- Y salsa agridulce para cenar…
- Tengo que ir a…
- Y salsa agridulce a media noche…
De un brinco histérico me puse en pie y derramé la salsa agridulce sobre su pantalón. Así que salí corriendo antes de presenciar el orgasmo amarillo. Seguro que eso era lo que venía a continuación de la “salsa agridulce a media noche”… Espeluznante, en serio. Tuve tres escalofríos en el taxi de vuelta, y estábamos a veintisiete grados.
Malditos pijos malcriados incultos y engreídos, que no articulan palabra porque simplemente no tienen nada que decir. Piel y cerebro bronceados y resecos. El segundo hijo de Satán era el tío más aburrido de la oficina de Sergio, patológicamente adicto a los silencios incómodos y a los tocamientos por debajo de la mesa. Me sorprendí preguntándome hasta qué punto podría odiarme Sergio. Luego pensé en lo mucho que me apetecía probar la tarta de manzana que disfrutaba la señora de la mesa de al lado, pero la gula fue aplastada por mis infinitos deseos de largarme de allí. “¿Cuánta gomina puede ponerse alguien de una sola sentada?” dudé mientras esquivaba su náutico reluciente. Estaba empezando a quedarme sin posturas en esa incómoda silla, así que como se le ocurriera rondar mi espacio vital una sola vez más, no tendría otra opción más que darle una patada en sus reales aznarillos. Cuando por fin reparé en que nuestro mudo diálogo podría durar para siempre, decidí que lo mejor para mi salud mental era relajarme y dejar de buscar en los recovecos de mi cerebro insípidos temas de conversación, aquéllos a los que uno desesperadamente recurre en momentos de emergencias comunicativas como ésa, aquéllos del tipo “Háblame de tu infancia” o un siempre útil “Qué tiempo más loco, ¿eh?”, ya que el joven “Demian” no parecía demasiado incómodo en la situación en la que nos encontrábamos. Un par de siglos más tarde, cuando el camarero trajo la cuenta y yo había entrado en rigor mortis, mi cita me dirigió un amable “Vamos, te llevo a casa”, y yo pensé que bueno, para ser la primera y única frase que había enunciado durante toda la velada, había estado bastante acertado, y se me ocurrió que quizás, entre tanto silencio había conseguido oírme las ideas. Craso desacierto cuando me llevó a su casa en lugar de a la mía, equívoco que me obligó a perder un tacón y pagar otra larga travesía en taxi. Una vez en la cabina, me pregunté cómo no pude esperármelo después de las caricias náuticas en el restaurante y los toqueteos de rodilla en el coche, así que le conté toda la historia al taxista quien me recomendó que matara a mis amigos porque según él “los problemas hay que cortarlos de raíz”.
- Y yo que os llamaba amigos…
- Venga Eri, tampoco sería tan aburrido…
Lo atravesé con mi mirada de “tú no estabas allí así que cierra esa bocaza”.
- ¿Y por qué no te gusta la salsa agridulce? ¿Qué tiene de malo la salsa agridulce? – me temo que Eva no comprendía la gravedad del asunto. Eva adora los restaurantes chinos y todo lo que hay en ellos, y se sintió indirectamente ofendida ante mis innumerables quejas, quizás no tanto por el tema culinario como por el hecho de la pérdida de tiempo que supuso encontrarme a ese Adonis monotemático, lo cual es totalmente falso puesto que se topó con él en la cola de un (sorpresa…) Wok y en seguida le habló de mí.
- ¡Pues cásate tú con el de la salsa agridulce de las narices!
No puedo culparlos. Mis amigos sólo quieren mi felicidad. Imaginé que en el fondo de sus corazones les preocupaba que me hubiese transformado en un monstruo exigente y arisco, desalmado y sentenciador, incapaz de dar segundas oportunidades a cualquier pobre diablo que cometa el error de meter la pata en una primera cita. Y la verdad es que no sólo era cierto, sino que el problema era aún peor, porque esas exigencias que proyectaba sobre todos aquellos desamparados candidatos eran imposibles de cumplir, ya que el defecto que todos ellos compartían era uno sólo, pero imperdonable: ninguno de ellos eran mi Jose, y no tendrían nada que hacer conmigo mientras no lo fueran.
Sergio me miró con ojos compasivos y yo leí la lástima en sus pupilas. Me fijé más, y tras la lástima pude ver mi reflejo en ellas. Eva murmuraba algo al oído de mi hermana Gádor, que negaba con la cabeza y los ojos entornados, como pronunciándose en contra de otra extravagante confabulación en busca de mi prosperidad.
- ¿Qué tramáis?
- ¡NADA! - soltaron al unísino.
- Eri, por favor, tienes que sacártelo de la cabeza. Va a casarse ¿lo entiendes? Está enamorado de otra. Nunca te ha querido. Abre los ojos de una vez, ¡sal y que te dé el sol coño! – mi dulce hermanita pequeña, recuerdo cómo me mandaba a llorar a mi cuarto cuando me dejó mi primer novio. Y pensar que era todo un mero escudo para protegerse de mi angustia, ya que sufría mucho por mí y verme mal la consumía. Un día de llanto desconsolado irrumpió en mi habitación de un portazo y me ordenó que saliéramos, no sin antes arrancarme (literalmente) el pijama, prenda de la cual no me había desprendido (literalmente) en dos meses. Cansada de mi renovado dolor, a su agresivo estilo intentaba sacarme del agujero. La típica gran amiga que te pega dos buenos guantazos cuando estás histérica, o que te pellizca el brazo cuando te vas por las ramas. Ésa es mi Gádor, y la adoro por ser así.
Yo cogí la jarra de cerveza a dos manos y me la incrusté en la cara con el fin de atenuar los graznidos de mi hermana, y me abstraje observando a las personitas amarillas y burbujeantes que aparecían detrás de mi cerveza. Entonces encuadré la cara de Sergio y aprecié cómo su expresión cambiaba. Las niñas de sus ojos ya no estaban tristes sino pasmadas, y él parecía exaltado, intranquilo.
- Sergio puedes ir al servicio, no voy a suicidarme…
Permaneció en silencio, perdido en el horizonte, se tornó pálido y sus ojos se redondearon de una forma extraña. Me disponía a sacarlo del trance con un chasquido de dedos cuando advertí que en realidad su mirada no se había extraviado sino que, todo lo contrario, se había postrado sobre algo que permanecía tras de mí. Y cuando Gádor y Eva dejaron de cuchichear para unirse al incómodo y desconcertante silencio de Sergio, en ese momento comprendí que ese algo que permanecía fuera de mi vista, no podía ser otra cosa más que Jose con su prometida.
Por acontecimientos como éste una prefiere quedarse encerrada en casa, en pijama, comiendo chocolate y viendo El Diario de Bridget Jones, una y otra vez, hasta acabar “devorada por pastores alemanes”…
No fue muy agradable la sensación de vomitar cerveza por la nariz pero menos agradable fue el hecho de que Jose presenciara el espectáculo, y aún menos que su noviecita soltara una carcajada de hiena cuando me vio hacerlo. Tiendo a volverme enfermizamente patosa ante situaciones estresantes, y en ésta tenía todas las papeletas para acabar sufriendo un accidente mortal. Lo de la cerveza había sido tan solo un aviso.
- Vaaale Erika, tú ganas, puedes echar cerveza por la nariz… Aquí tienes tus veinte euros… - intento desesperado de Gádor por salvar mi autoestima. Amor incondicional, lo que yo decía.
- Me ha visto, ¿verdad?
- Cariño, te ha visto todo el puñetero país.
Me limpié con una servilleta que me tendió Eva después de secarse sus empapados rizos morenos. La pobre estaba sentada frente a mí y se había llevado la peor parte. Me levanté orgullosamente del taburete y me coloqué la falda en su sitio.
- Nos vamos, YA.
Todos sabían que ese hecho iba a suponer un paso atrás en mi duelo. Que iba a desaparecer durante otros dos meses sin dar señales de vida y que no podrían hacer nada por evitarlo. Pero por mí, por su amiga herida, se incorporaron, y me escoltaron hasta la entrada. Y conforme salía el tiempo se enlenteció, y nuestras miradas se cruzaron, pero él no dijo nada. Sólo apretó la mano de ella contra su pecho, como dándome un adiós definitivo con un doloroso puñal. Lo que para mí era un presente punzante, para él no había sido más que una historia quemada después de leer, y para ella, bueno, para ella nada había cambiado. Iba a casarse con su hombre, que siempre la había amado y que siempre la amará.
... Jose salió de la cama sin decir nada, desnudo, puntilleando el suelo con sus dedos descalzos y la sábana bien amarrada. Abrió el balcón con sigilo y se encendió un cigarro. Escuché cómo el papel se consumía y cómo el humo brotaba de su nariz, sensual, e imaginé cómo entornaba los ojos cuando ascendía por su rostro la tóxica polvareda. Acariciaba su barba inclinado sobre la barandilla, señal de perturbación, mientras los rayos de la luna enmarcaban su cuerpo y la humareda le envolvía, y pensé en lo agradable que era el poder contemplarle desde esa perspectiva.
- ¿En qué piensas, fumador furtivo?
- Erika. Voy a casarme.
El recuerdo de esa noche me golpeaba la nuca incesantemente, como un vórtice violento, y me estrangulaba el estómago y el corazón y le impedía latir. “Mira adelante Eri, mira adelante.”
- … esta imbécil hablando de hijos de Satanás y está colgada del verdadero Lucifer.
Y entonces lo comprendí. Se habían esfumado. Los malos pensamientos, la melancolía. ¿Los habría expulsado a ellos también por la nariz? En el momento en que me di cuenta de que, en realidad, me alegraba por él pero me sentía tremendamente triste por ella; en el momento en que me juzgué más culpable que abandonada; en el momento en que volví a aprender a quererme y respetarme, y pude reunir fuerzas para decidir acabar mis días con un hombre que, sin engaños, de verdad me amara… En ese momento me desprendí de mi yugo, y pude al fin caminar en paz.

Huída. Say good-bye so.

- Baja la música cariño.
- ¿Qué?
- Amor, la música…
- ¿Las Pussicat? Ampliando nuevos horizontes musicales, ¿eh?
Un estruendoso “Don’t cha!!” retumbó por toda la sala, a Laura hasta se le cayó el canapé de la mano – uno de salmón con mantequilla, una gran creación culinaria en mi modesta opinión, sencillo, rápido, riquísimo.
- ¡Coño, Javier, quieres bajar la puñetera música!
Ejem… ¿Habíamos oído bien? Lu soltando dos tacos en la misma frase (vale, uno y medio, puñetera no es un taco en algunos círculos sociales), ¡y yo sin mi cámara a mano! Creo que vi a Rocky intentando hacer algo con su móvil pero me parece que estos Blackberry de último modelo sólo van bien para mirarte al espejo con ellos fingiendo que hablas, cosa que Rocky hacía bastante a menudo… La música cesó en seco y Lu se arregló el pelo e introdujo su dedo índice por el cuello de su jersey como si quisiera ensanchar ese pequeño agujero por donde, nadie sabía cómo, había conseguido colar su aleonada cabellera. Odio los cuellos altos, ¿a quién le gusta tener algo apretándote el gaznate toda una velada cuando puedes elegir respirar desahogadamente? La pobre Lu – Lucía, pero el diminutivo de Luci le parecía demasiado cateto, así que probamos con Lucy con Y griega, que por otro lado se pronuncia igual (es una de esas gilipolleces que sólo puedes sugerir estando borracho) pero le pareció más hortera aún, y como somos demasiado vagos para llamarla Lucía, todos llegamos a un acuerdo con Lu – estaba bastante nerviosa porque se había empeñado en dar un discurso de despedida aunque le advertí que no era necesario – de hecho estaba intentando evitar la catástrofe, siempre que suelta algún discursito se queda afónica y nos está pidiendo disculpas durante todo un mes por no haberlo hecho mejor… además Migue, hermano gemelo de Rocky el del Blackberry, se coloca estratégicamente a mi lado para ir repitiendo con una risita todas las palabras que dice que riman con alguna palabrota, aunque más bien siempre acaba encontrando algo que vaya con “agárrame un cojón”.
Pero la cuestión esta vez era que yo no quería ningún discurso de despedida, ninguna fiesta ni tener que decir adiós a todos y cada uno de mis amigos, ya sería demasiado duro tener que despedirme de mi familia en una exagerada comida-despedida familiar que me habían preparado para el día siguiente. No me iba para siempre pero era más de lo que me había retirado nunca. No podía quedarme más tiempo, Granada me agobiaba y no había ya más lugares nuevos donde esconderme, y siempre me lo acabaría encontrando, y nunca podría olvidar. Sólo quería irme y olvidarlo todo.
- ¿Me podéis atender un minuto? Gracias… - Lu ve demasiadas películas en las que se abre un brindis golpeando la copa con un cubierto… - Bueno ya sabéis para qué estamos todos aquí esta noche.
Todos me miraron, yo no sabía si llorar, salir corriendo, o coger una perforadora, cavar bien profundo y que literalmente la Tierra me tragara ("lástima, estamos en un tercero"), así que opté por poner la maravillosa sonrisa que tenía más que practicada para las fotos.
- Erika, nos conocemos de siempre. En la vida hemos discutido y…
- ¿Cómo que no? ¿Y cuando tú te liaste con Luija cuando a ella le gustaba? – interrumpió Virginia.
Virginia era la novia de Rocky (Luija), y no la soportábamos. Razones no faltaban. Al principio olía a contratransferencia debido a que ella no nos soportaba a nosotras. También pensamos que podría tener algo que ver con el hecho de que Rocky se había liado con todas las chicas del grupo (menos con Laura, pero creo que un día le tocó una teta a posta), mas luego dedujimos que, cruel decepción, se trataba un simple caso de misoginia. Virginia y Rocky llevaban dos años juntos, lo cual significaba que TODOS llevábamos dos años saliendo con Virginia, porque nos la endilgó desde el principio con la excusa de que esa era la definitiva y nos tendríamos que aguantar aunque no nos cayera bien (¿acaso ya se lo esperaba? Curioso…).
El día que nos fuimos de copas y salieron a la luz todos los trapos sucios de Rocky fue apoteósico. Fue hace poco más de un año. Estábamos en una taberna irlandesa tomando unas Budweiser – sólo a Javi le gusta la Guinness, dice que es incapaz de beber una bebida a través de la cual pueda ver – y entonces – oh, desgracia – alguien saltó con lo de jugar al “Yo nunca”. En mi opinión, el “Yo nunca” puede ser un juego divertido pero a la vez bastante desagradable cuando a la gente le da por decir la verdad. Consiste en que uno dice “Yo nunca he hecho algo” y quien haya hecho ese algo alguna vez, tiene que beber un sorbo de su copa. Normalmente se comienza (como un calentamiento) por chorradas tipo “Yo nunca he ido de rebajas” (y todas las chicas bebemos), para seguir con una del estilo de “Yo nunca he perdido el conocimiento con una borrachera” (ahí suelen beber más los chicos) y el juego acaba degenerando con un “Yo nunca he hecho un trío” y cosas peores que no quiero mencionar por si algún lector aún es lo bastante inocente como para que mis amigos lo perviertan. Total, que entre pitos y flautas, risas y chupitos de tequila, el granuja de Migue escupió un: “Yo nunca me he liado con mi hermano” y resulta que todas estábamos ya lo bastante desinhibidas como para dar rienda suelta a nuestra sinceridad, así que Lu, Laura, y yo cogimos nuestro chupito, brindamos y nos lo bebimos, y luego nos acompañó Javi pero ese ya no sabía ni a lo que estaba jugando… Entonces, y juro que no fue por efecto del alcohol, vimos cómo a Virgina le salía fuego de los ojos y de las orejas, se levantó de su asiento de un salto y se dio con una lámpara-candelabro en la cabeza. Todos pusimos cara de dolor, pero ella disimuló muy bien, puede que por la adrenalina del momento, por la cogorza del instante o por lo orgullosas que son las misóginas de metro ochenta y dos. El tema es que se acercó a Rocky como un ogro y le soltó una amenaza que nadie oyó, así que Migue gritó: “Joder, en este sitio cada vez ponen la música más alta. ¡Johan otra ronda menos uno, y ponnos “We are the Champions” echando leches!” Miguel no era mujer pero era el que menos soportaba a su cuñada, aunque todas pensábamos que en realidad Migue tenía alma de mujer, pero no en plan travesti, ya me entiendes, era más bien lo que nosotras llamábamos un “hombre lagarta”. Era el típico tío con maldad femenina, como un gay borde, pero hetero. Acto seguido Virginia salió corriendo del pub y Rocky la persiguió como un perrito faldero, y Javi, Lu, Laura y yo en tropel salimos detrás de ellos con nuestras cervezas en mano para no perdernos la escenita de reconciliación (les gustaba montar escenitas y nosotros encantados, porque era mucho más barato que ir al cine), con tan mala suerte que Rocky tropezó con el armario empotrado del portero y fue a caer de boca, y después de dos zancadas propias del Ballet de la República de Bielorrusia fue a estampar la cara entre los omóplatos de Virginia, quien gobernada por un efecto dominó se dio de bruces contra una Harley Davidson nuevecita que había aparcada junto a la puerta de otro pub.Al ver que se movían y que no había rastro de sangre ni ningún otro tejido humano decidimos que lo mejor que podíamos hacer era meternos otra vez en la taberna, en silencio, como si no hubiésemos visto nada, y una vez allí, a salvo, quedarnos inconscientes de la risa. Migue, entre tanto, estaba bailando “We are the Champions” poniendo cara de circunstancia encima de la barra, echándole estrambóticos guiños a una pobre guiri que no tenía culpa de nada. Todos fuimos a llamarlo para que bajara y escuchara la historia del batacazo cuando el portero entró al local y nos dijo con cara de pasmo: “Vosotros veníais con esos dos, ¿no?” a la vez que señalaba la calle con su dedo pulgar. Entonces de nuevo los cuatro salimos fuera como una bala, y no había dado tiempo a que todos atravesáramos el portón cuando presenciamos el espectáculo. Una ridícula mujer regordeta que no superaba el metro cincuenta, vestida con divertidas mallas negro metalizado, una chupa de cuero sin mangas y un pañuelo salpicado con lo que parecían pequeñas calaveritas rojas y plateadas, realizó un acróbata salto del tigre sobre Virginia, que aún estaba despegándose el asfalto de las muñecas, y sin dejar de chillar “¡Mi moto es mi hija, zorra!” abrió sus peludas manazas (te lo juro, más vello del que nunca podrías imaginar) y se enganchó a la engominada cola de caballo de Virginia, de esas que parecen hechas en la peluquería porque quedan demasiado perfectas. Nosotros, paralizados. Como si estuviéramos viendo algo en otra dimensión y no pudiéramos cruzar el umbral. Entretenidos también, para qué mentirte. Fue en aquel momento cuando Rocky pudo reaccionar (en realidad no sabíamos en qué estaría pensando hasta ese instante, puede que igual de entretenido que nosotros… en el fondo) y cogió a la atacante por la espalda, que se dio la vuelta violentamente, como poseída, y descargó un manotazo peludo sobre los huesos propios de la nariz de Rocky. Ahora ya sabes por qué Luija pasó a llamarse Rocky. Entre tanto jaleo, yo le dije a Javi que entrara a por Miguel y que hicieran algo, que para eso eran los hombres, y no pasaron ni treinta segundos cuando la que parecía ser la novia de la “madre de la moto” consiguió despegar a la fiera de nuestros amigos. Finalmente, los bloques de cemento que mantenían incrustados nuestros tacones a la calzada se quebraron, nos repusimos del shock y volamos las tres hasta donde se encontraban los tortolitos. Se habían quedado de pie, petrificados, como hacía un rato nos había ocurrido a nosotras, miraban a todas partes con cara de bobos, se miraban el uno al otro, luego a nosotras, luego a los espectadores espontáneos que habían salido de todos los pubs para echar un ojo, luego otra vez a nosotras. Silencio. Más silencio. Yo estaba mordiéndome el labio para no reírme de los pelos de Virginia, le daba un aire al tupé de Amy Winehouse, en guapa claro, pero la pobre ya había tenido bastante por esa noche, a su novio el promiscuo le sangraba la nariz. Entonces Rocky consiguió esbozar un “¡Tenía peludos los nudillos!” y todos estallamos en carcajadas. Qué gran noche. Bueno, no tan buena. No, no fue grande, para nada.
Tras el pequeño incidente de ese día Virginia y Rocky hicieron las paces y nos percatamos de que los espacios de tiempo entre pelea y pelea se iban alargando. Oh, oh, mala señal. No soportaría tener que volver antes de tiempo para asistir a una boda. Puede que por la percepción de peligro, la angustia ante la idea de perder a Rocky, o quién sabe, una divina lobotomía, Virginia actuaba más relajada con nosotras, y cuando le explicamos con pelos y señales (fue petición suya) nuestras mini aventurillas con su novio supo que no tenía de qué preocuparse, y parece que su odio hacia nosotras bajó un par de puntos. De 11 sobre 10 pasó a odiarnos sólo un 9 sobre 10, todo un logro. Migue decía que en vez de un palo en el culo ya sólo tenía medio, otro logro, bien por Miguel. Incluso se permitía sacar el tema en ocasiones en las que se sentía especialmente simpática, al fin y al cabo era una historia que involucraba a su novio e indirectamente a ella, y eso la hacía sentirse más integrada en el grupo.
El día del brindis era uno de esos días, no sabíamos exactamente qué le había podido ocurrir para que se encontrara tan alegre y abierta. Apostaría lo que fuera a que Lu hizo cálculos y todo para que el día de mi despedida no contara con un drama romántico improvisado – buenísimo, me la imagino con su gorro de cocinera profesional, un mantel con el cuerpo de una tía tetona vestida de gitana (regalo cachondo de cumpleaños, idea de los gemelos), una enorme pinza abrazando sus descontrolados rizos color caoba (bonito tinte, pero no a todas les queda tan bien como a ella) y calendario en mano diciendo: “A ver… un chorrito más de aceite… Uff a esto le falta más sal, a ver cuándo le bajó la regla a Virginia… ¿fue cuando le arrancó el aro de la oreja a Rocky o cuando le tiró las palomitas por la cabeza en el cine…? ¡Eso, ahí fue! Bueno entonces nuestro día clave es… ¡el jueves 22!”. Aunque, sin embargo, yo no pude evitar pensar que en una no muy remota parte de su ser Virginia estuviera contenta porque yo me iba (qué bruja soy, pero ella lo es más).
Tras el comentario de los líos de su novio todos rieron a carcajada limpia, menos Rocky, porque no pudo evitar acordarse de la noche del puñetazo - el pobre nos contó que había tenido sueños eróticos con la motera asesina y su novia (Virginia no, digo la novia de ella) durante dos semanas, y Migue, que ejercía de psicólogo cuando no estaba pedo, le dijo que estaba claro que le atraía un tipo concreto de mujer...
- Ja… Ja… - a Lu no le disgustó el chiste pero no soportaba que alguien la interrumpiera en mitad de su discurso, ya tenía bastante con su ataque de afonía idiopática – Eso fue hace mil años. A lo que iba, que antes de quedarme afónica quiero decirte, en nombre de todos, que te queremos, siempre te hemos querido, y siempre te querremos, y que vamos a hacer todo lo posible porque te recuperes, de todo corazón…
- Agárrame un cojón.
- … Ya es un sacrificio para nosotros que te vayas tan lejos… - continuó muy digna Lu.
- ¡Ni que se fuera a Alaska! – Migue a la carga.
- ¿Ya tiene la copa llena otra vez, cojones? Joder mirad que os dije que escondierais el puto Vodka – Laura, al contrario que Lu, más cómoda se siente cuando más tacos suelta, es una chica guapa, con una melena castaña, larga y algodonosa, y unos labios preciosos, de anuncio de gloss, que todas envidiábamos. Pero cuando hablaba sólo le faltaba un tupido bigote para parecerse a un camionero de una peli de Almodóvar.
- Dejad hablar a mi mujercita – se impuso Javi con voz ronca.
Un “¡PUAAAAJ!” sonó a coro.
- Pues sí, se va lejos, podría irse más lejos así que agradece que no le haya dado por largarse a Australia – para Lu irte a Australia es casi más lejos que irte a Marte -. Dios mío, mi voz, bueno que te vamos a extrañar un montón…
- Agárrame un cojón.
- Que… ejem ejem, agua – Javi le tendió un vaso de agua – Erika… ¡ya está, vaya mierda! – pudo susurrar Lu al fin.
Yo fui a abrazarla mientras los demás aplaudían, para que no se sintiera mal, ya que, quitando la parte de la mierda, había sido uno de sus mejores discursos hasta la fecha, y además no me seducía la idea de estar pegada al móvil todos los días del mes siguiente escuchando lo avergonzada que estaba por haberla “cagado” al final del discurso.
- Que diga algo la homenajeada – propuso el capullo de Rocky.
- ¡Eso! ¡Que hable, que hable, que hable! – corearon todos al unísono, todos menos Lu, que había ido al baño a hacer gárgaras.
- Bueno…
- ¡Callad coño que ya está hablando! – ordenó Laura a la vez que confiscaba la copa a Migue.
- Pues eso, que muchas gracias por todo… yo, yo también os quiero… mucho… No me hago a la idea... – nudo en la garganta- vosotros… Gracias por quererme así, por vuestro apoyo. No sé qué hubiera hecho… - doble nudo – … de no haber … – todos permanecían mudos, como piedras, con el talante triste ahí parados, sin saber cuándo volveríamos a vernos. En ese momento me vinieron infinidad de recuerdos y anécdotas a la memoria, mis amigos… ¿Qué seré yo allí sin mis amigos? Silencio. Cerré los ojos. Oh no…¡Contente Erika!
- ¡Por Erika!
- ¡Eso, por Erika!
- Buena suerte Erika. Buena suerte.
Y todos brindamos en el momento justo. Cero lágrimas. Cero melancolía. Cien por cien de todo lo demás.

Granada. Lorca. Pensamientos.

... Y allí me encontraba nadando entre las letras de su poema. Intentaba en vano arrancarme la imagen de ese niño gitano muerto junto a la luna.
"Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos"
- ¿Dónde estoy? - me pregunté. Al fondo se oían los temibles gritos de un grupo de hombres que se acercaban violentos.
- ¿Dónde estoy? - volví a dudar. Y me acerqué a la puerta más próxima, acobardada por aquellas voces, fundidas con el cabalgar de los caballos.
Nunca olvidaré la imagen de ese niño gitano desaparecido entre los rayos de la luna.
Entonces atravesé la puerta cerrada como el calor atraviesa la piel y caí al suelo, y vi a los gitanos llorando frente a una roca...
Entre toda mi confusión logré alcanzar un claro en mi mente. Las luces de un pequeño pueblo blanco marcaban mi destino, una meta imaginaria que dirigía a mi subconsciente. Había caminado tan solo unos metros cuando una fría sensación recorrió mi columna. Alguien me observaba desde muy cerca, y sentí una gran curiosidad por conocer al dueño de esa mirada oculta, el autor del poema del que había escapado minutos antes.
- Siéntate conmigo - me dijo. Yo obedecí sin poder componer palabra alguna. - El mundo del que huyo es el mundo que me rodea; mas aún dejo que me rodee porque es mi vida y la amo así. - silencio - ¡Maldita luna estéril y mortal! ¡Cuándo llegará tu hora! - y yo lo abracé para consolarlo, aunque pienso que él me devolvió más consuelo del que yo podría prestarle nunca. Dirigió una leve mirada a la vieja fragua, me tomó de la mano y comenzamos la marcha hacia una historia que ni su propio protagonista podría haber comprendido jamás.
El silencio se encargó de anudar mis cuerdas vocales para evitar la más mínima tentación de interrumpir su habla serena. El paisaje había cambiado por completo y mi acompañante lucía un brillo especial en sus ojos, así como unas facciones dulces y aniñadas. Su voz se tornó juvenil y fresca pero permanecía calmada, madura.
Era una tarde de primavera y caminábamos por un sendero de álamos blancos. Habíamos dejado atrás el pueblecito que lo vio nacer, y los pocos kilómetros que separaban Fuentevaqueros de Asquerosa se agotaron en el tiempo en que se agota una llama en ausencia de oxígeno.
- A veces siento que de Madrid hasta aquí existe un charco más grande que el Pacífico. Aún así viajaré a París, Buenos Aires y Nueva York, porque quien da la vuelta al mundo una vez, la da diez veces si es necesario saltar diez charcos como éste.
Retrocedimos en el camino y nos postramos bajo un álamo apartado. Continuó hablando:
- ... Y llevaré donde sea y a quien lo necesite mi corazón pintado en mis libros, porque nadie tiene derecho a prohibir una vida, ni un pensamiento. Si algo te cuesta la vida es porque ese algo te la ha arrebatado; y si tú así lo has querido, no habrá muerte más dulce y necesaria. ¡Que todos me sientan como soy, hasta esta pequeña hormiga!
Sólo pudo escapar de mi boca un suspiro, y al parpadear, el chopo que nos daba sombra desapareció. El hueco dejado por el viejo árbol fue ocupado por una casona rebosante de libros, cuadros y artistas. Solamente advertí un tímido cambio en el rostro de mi compañero de viaje: la comisura de sus labios había descendido dándole un aire de vejez prematura.
- ¡Buenos días, Federico! ¿Y tu callada colega?
- Hola amigo Salvador. Te presento a mi silenciosa amiga.
- Mucho gusto - no respondí, aunque lo saludé con un beso en la mejilla. Seguidamente me oteó pícaro mientras acariciaba su bigotito. - Algún día retrataré tu silencio. Con la ayuda de mi compañero Freud podría pintar más historias sobre ti que Braque con su misteriosa mujer marrón y azul... ¡Divino! - concluyó y se despidió de mi guía con dos cariñosos besos.
- Los años de aprendizaje vuelan cuando los vives tan intensamente y rodeado de tan apasionados artistas - y rió, a la vez que veía alejarse a su amigo. - Esto no significa que el aprender tenga un fin, ¡qué va! Igual que en el corazón no hay límites para albergar amor, en la mente no hay fronteras para lo nuevo y lo ingenioso. Por eso siempre está despierta cuando dormimos, puesto que nunca sabemos cúando puede llegar la inspiración...
Con esas palabras volvió a cambiar la imagen de mi acompañante. Parecía que las lágrimas lo arrugaran por dentro y por fuera a la vez. Nos encontrábamos sobre el tejado de un frío edificio, observando la ciudad gris escondida bajo las nubes.
- El negro de las máquinas es el negro de la marginación y los prejuicios que viven en nuestra sociedad. Miras, pero no puedes ver nada. No me permiten ser quien soy, y critican incluso lo que no deseo ser... Así nadie puede vivir ni morir en paz. Desde el Jinete hasta Ignacio el torero, todos nos han bañado con su sangre; y al contemplar este mundo me invade la terrible sensación de que el metal acaba de empezar a tomar forma punzante...
¡Y qué razón tenía! Nuestra vuelta al mundo terminó donde había empezado. Volvíamos a Granada. Una Granada diferente a la de hacía tantos años. Llena de fuego y armas. Como no es justo que la madre que te dio la vida te la arrebate, así tampoco lo es que la ciudad que te enseña a vivir acabe contigo.
Nos hallábamos en un montículo aislado del pueblo y la muchedumbre. El silencio me ahogaba.Y allí estaba él, frente a un desconocido, de esos capaces de prohibirte la vida y de aquellos que ennegrecen las ciudades a su paso. Se rompió al fin el silencio con el estallido de un fuerte disparo. No entiendo cómo en ese momento, después de tantas horas o días o semanas de callada espera logré gritar con todas mis fuerzas un "¡Basta!", mientras me interponía entre los cuerpos del verdugo y la víctima. Pero la bala me atravesó el alma y como un soplo de viento hizo que girara sobre mí, colocándome cara a cara con mi gran amigo. De pronto vi cómo sus ojos se cerraban y caía al suelo, despacio; luego, cómo la bala impactaba contra el tonco de un árbol lejano. La granada de la sociedad lo alcanzó primero, y mi amigo, mi amado amigo, murió de pena antes de caer al suelo.
De repente me sorprendí en mi habitación y comencé a llorar. Tomé el "Romancero Gitano" y lo lancé al suelo con ira. Entonces observé que en la portada había algo escrito con tinta fresca:
"A mi lejana confesora, con un especial cariño. Federico García Lorca".

Quirófano 7. Él.

Me hubiera frotado los ojos de no ser por los guantes. No podía creerlo. Parpadeé un par de veces y volví a mirar. Era preciosa. Bueno, sus ojos… Sus ojos eran enormes. Y ese carácter, ese coraje… ¿Me había vuelto loco? Sólo quería acabar para hablar con ella. “Vamos, ya está casi… No me dejes aquí cerrando a mí solo… para cuando haya acabado ella ya se habrá ido”. La veía con ganas de esfumarse. Como nerviosa. Me quedaban minutos, puede que segundos antes de que saliera, sabía que lo estaba deseando, yo también había sido estudiante. Hay veces que no ves el momento de irte a tu casa tras un duro día de prácticas. Te aburres, no ves campo, sólo estás ahí como un pasmarote dándote cuenta de que estás perdiendo un tiempo valioso. Pero ella debía saber que ese día no era como los otros, tenía que saberlo porque yo lo sabía, sabía que allí había algo. ¿Le había guiñado un ojo? No estaba seguro. Puede que sí. ¿Me habría visto guiñarle? “No me hagas cerrar si no quieres que nuestro amigo se hernie mañana, ahora no sería capaz ni de abrocharme los cordones…” Pero cuando volví a mirar había desaparecido. Y después de que el jefe le firmara la ficha, ya no me quedaba esperanza alguna de que volviera.

Al final tuve que concentrarme y cerrar la incisión, pacientemente, por capas. Primero el músculo, luego la fascia… Qué dolor de cabeza el de aquel día. Necesitaba acabar ya, pero tenía que acabar bien. Aún conservaba la esperanza de encontrármela saliendo del vestuario o perdida por el área de quirófanos tratando de encontrar la salida. Cuando coloqué la última grapa, levanté la vista, cerré fuertemente los ojos un par de veces y pedí un analgésico.

- ¿Virtudes me desabrochas la bata, por favor?

Todos se volvieron en silencio. Lolo, mi compañero, que no había tenido que coser esta vez, pero se había ofrecido (día de extrema generosidad) a poner los apósitos finales sobre la herida, se colocó tras de mí de un salto y resopló en mi oído mientras me desabrochaba:

- No llames Virtudes a Maria Virtudes si no quieres que te corte la pilila con una hoja de bisturí. Toma un paracetamol pelanas, aquí no hay nada más fuerte vía oral.

Engullí el comprimido en cuanto me arranqué la mascarilla y el gorro de una vez. Odiaba los gorros de mujer pero eran los únicos que me recogían todo el pelo, y cada vez que cogía uno me sorprendía pensando en el poco tiempo del que disponía para ir a la peluquería. Tiré la bata al suelo y salí corriendo del quirófano gritando “¡Alberto Rosa! ¡Alberto Rosa! ¡¡¡Doctor Rosa!!!” Sin más rodeos, y antes de que te de tiempo a imaginarte algo peor, ahí va una breve explicación: En mi primera ayudantía como residente, mi jefe me preguntó los apellidos para apuntar mi nombre completo en el parte. Cuando escupí la palabra "Rosa" dejó de escribir, y sin dejar de mirar el papel esbozó una sonrisita y me dijo: “Muy bien Alberto, ya puedes irte, hasta mañana”. La verdad es que esperaba la peor, no habría sido la primera vez. Cuando era pequeño le preguntaba a mi padre si no le importaba que me lo cambiara a “Flores”, “que está algo más oído y aceptado, aunque no se sale del tema…” Cuando dejé el quirófano recapacité sobre el trabajo y la madurez. Encontraba admirable el hecho de que por fin hubiera caído entre Homo sapiens sapiens civilizados, y de aquéllo estaba seguro hasta que la rechoncha cabeza de mi jefe asomó por la salida y se despidió con un “¡Yuhuuuu Doctor Rossssaaaaa, ten cuidado que no se te caiga el Betadineeee!” secundado por una sonora risotada de Lolo. “Maldito chupaculos”. Muy originales, doctores Cachondos… Suerte que las noticias vuelan y la segunda vez pude responder con un ágil “¡Más quisieras, Lolo!” y le cerré esa bocaza.

Lolo pasó semana y media sin hablarme hasta que un día, preparando la instrumentación para una biopsia de ganglio inguinal, le pregunté por las pinzas de disección y él hizo un ademán para hacerme ver que me había escuchado, pero que no pensaba contestarme nunca. Le vi la pluma por primera vez cuando me volvió la cara con los ojos entornados. “No me jodas, ¿te has puesto rímel?” Así que no me quedó más remedio que coger un bote de Betadine, tirarlo ruidosamente al suelo en mitad del quirófano, y acto seguido me dispuse a recogerlo, inclinándome lentamente, poniendo el culo en pompa hasta que me dolieron todos los músculos de la espalda (qué duro es hacer una gracia a veces, todo sea por la camaradería profesional), y no pude reaccionar antes de que Lolo se me echara encima partiéndose de risa, y me embistiera contra una de las mesas de la sala, lo tiramos todo al suelo y María Virtudes se puso a gritarnos. Entre “niñatos de mierda” y “payasos ignorantes” y demás improperios que nos entraban por un oído y nos salían por el otro, Lolo y yo permanecíamos tirados en una esquina del quirófano, jugando a lanzarnos la botella de Betadine. En mitad de nuestras carcajadas, nos percatamos de que el celador ya había entrado con el paciente en cuestión, quien pudo presenciar toda la escena desde la incómoda camilla. Mirándonos con los ojos como platos, el cuello tieso y las canosas cejas arqueadas, frunció el ceño y murmuró: “Vaya dos maricas me van a ver los huevecillos”. Como comprenderás nos fue imposible dejar de reír durante esa intervención, y durante las dos siguientes, cuando nos acordábamos. Después del divertido destrozo, el Doctor Santos, nuestro jefe, se puso serio y no volvió a mencionar el asunto del Betadine, aunque seguía preguntándome por mis apellidos después de operar, decía que de alguna forma tenía que imponerse.

Volé detrás de ella, intentando reconocer esos ojos que sobre la mascarilla me habían encandilado. No pude encontrarla. No pude. Pero entendí, sorprendido, que estaba enamorado.


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