... Y allí me encontraba nadando entre las letras de su poema. Intentaba en vano arrancarme la imagen de ese niño gitano muerto junto a la luna.
"Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos"
- ¿Dónde estoy? - me pregunté. Al fondo se oían los temibles gritos de un grupo de hombres que se acercaban violentos.
- ¿Dónde estoy? - volví a dudar. Y me acerqué a la puerta más próxima, acobardada por aquellas voces, fundidas con el cabalgar de los caballos.
Nunca olvidaré la imagen de ese niño gitano desaparecido entre los rayos de la luna.
Entonces atravesé la puerta cerrada como el calor atraviesa la piel y caí al suelo, y vi a los gitanos llorando frente a una roca...
Entre toda mi confusión logré alcanzar un claro en mi mente. Las luces de un pequeño pueblo blanco marcaban mi destino, una meta imaginaria que dirigía a mi subconsciente. Había caminado tan solo unos metros cuando una fría sensación recorrió mi columna. Alguien me observaba desde muy cerca, y sentí una gran curiosidad por conocer al dueño de esa mirada oculta, el autor del poema del que había escapado minutos antes.
- Siéntate conmigo - me dijo. Yo obedecí sin poder componer palabra alguna. - El mundo del que huyo es el mundo que me rodea; mas aún dejo que me rodee porque es mi vida y la amo así. - silencio - ¡Maldita luna estéril y mortal! ¡Cuándo llegará tu hora! - y yo lo abracé para consolarlo, aunque pienso que él me devolvió más consuelo del que yo podría prestarle nunca. Dirigió una leve mirada a la vieja fragua, me tomó de la mano y comenzamos la marcha hacia una historia que ni su propio protagonista podría haber comprendido jamás.
El silencio se encargó de anudar mis cuerdas vocales para evitar la más mínima tentación de interrumpir su habla serena. El paisaje había cambiado por completo y mi acompañante lucía un brillo especial en sus ojos, así como unas facciones dulces y aniñadas. Su voz se tornó juvenil y fresca pero permanecía calmada, madura.
Era una tarde de primavera y caminábamos por un sendero de álamos blancos. Habíamos dejado atrás el pueblecito que lo vio nacer, y los pocos kilómetros que separaban Fuentevaqueros de Asquerosa se agotaron en el tiempo en que se agota una llama en ausencia de oxígeno.
- A veces siento que de Madrid hasta aquí existe un charco más grande que el Pacífico. Aún así viajaré a París, Buenos Aires y Nueva York, porque quien da la vuelta al mundo una vez, la da diez veces si es necesario saltar diez charcos como éste.
Retrocedimos en el camino y nos postramos bajo un álamo apartado. Continuó hablando:
- ... Y llevaré donde sea y a quien lo necesite mi corazón pintado en mis libros, porque nadie tiene derecho a prohibir una vida, ni un pensamiento. Si algo te cuesta la vida es porque ese algo te la ha arrebatado; y si tú así lo has querido, no habrá muerte más dulce y necesaria. ¡Que todos me sientan como soy, hasta esta pequeña hormiga!
Sólo pudo escapar de mi boca un suspiro, y al parpadear, el chopo que nos daba sombra desapareció. El hueco dejado por el viejo árbol fue ocupado por una casona rebosante de libros, cuadros y artistas. Solamente advertí un tímido cambio en el rostro de mi compañero de viaje: la comisura de sus labios había descendido dándole un aire de vejez prematura.
- ¡Buenos días, Federico! ¿Y tu callada colega?
- Hola amigo Salvador. Te presento a mi silenciosa amiga.
- Mucho gusto - no respondí, aunque lo saludé con un beso en la mejilla. Seguidamente me oteó pícaro mientras acariciaba su bigotito. - Algún día retrataré tu silencio. Con la ayuda de mi compañero Freud podría pintar más historias sobre ti que Braque con su misteriosa mujer marrón y azul... ¡Divino! - concluyó y se despidió de mi guía con dos cariñosos besos.
- Los años de aprendizaje vuelan cuando los vives tan intensamente y rodeado de tan apasionados artistas - y rió, a la vez que veía alejarse a su amigo. - Esto no significa que el aprender tenga un fin, ¡qué va! Igual que en el corazón no hay límites para albergar amor, en la mente no hay fronteras para lo nuevo y lo ingenioso. Por eso siempre está despierta cuando dormimos, puesto que nunca sabemos cúando puede llegar la inspiración...
Con esas palabras volvió a cambiar la imagen de mi acompañante. Parecía que las lágrimas lo arrugaran por dentro y por fuera a la vez. Nos encontrábamos sobre el tejado de un frío edificio, observando la ciudad gris escondida bajo las nubes.
- El negro de las máquinas es el negro de la marginación y los prejuicios que viven en nuestra sociedad. Miras, pero no puedes ver nada. No me permiten ser quien soy, y critican incluso lo que no deseo ser... Así nadie puede vivir ni morir en paz. Desde el Jinete hasta Ignacio el torero, todos nos han bañado con su sangre; y al contemplar este mundo me invade la terrible sensación de que el metal acaba de empezar a tomar forma punzante...
¡Y qué razón tenía! Nuestra vuelta al mundo terminó donde había empezado. Volvíamos a Granada. Una Granada diferente a la de hacía tantos años. Llena de fuego y armas. Como no es justo que la madre que te dio la vida te la arrebate, así tampoco lo es que la ciudad que te enseña a vivir acabe contigo.
Nos hallábamos en un montículo aislado del pueblo y la muchedumbre. El silencio me ahogaba.Y allí estaba él, frente a un desconocido, de esos capaces de prohibirte la vida y de aquellos que ennegrecen las ciudades a su paso. Se rompió al fin el silencio con el estallido de un fuerte disparo. No entiendo cómo en ese momento, después de tantas horas o días o semanas de callada espera logré gritar con todas mis fuerzas un "¡Basta!", mientras me interponía entre los cuerpos del verdugo y la víctima. Pero la bala me atravesó el alma y como un soplo de viento hizo que girara sobre mí, colocándome cara a cara con mi gran amigo. De pronto vi cómo sus ojos se cerraban y caía al suelo, despacio; luego, cómo la bala impactaba contra el tonco de un árbol lejano. La granada de la sociedad lo alcanzó primero, y mi amigo, mi amado amigo, murió de pena antes de caer al suelo.
De repente me sorprendí en mi habitación y comencé a llorar. Tomé el "Romancero Gitano" y lo lancé al suelo con ira. Entonces observé que en la portada había algo escrito con tinta fresca:
"A mi lejana confesora, con un especial cariño. Federico García Lorca".

Erika,me encanta, que lindo soñar contigo...
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