Me hubiera frotado los ojos de no ser por los guantes. No podía creerlo. Parpadeé un par de veces y volví a mirar. Era preciosa. Bueno, sus ojos… Sus ojos eran enormes. Y ese carácter, ese coraje… ¿Me había vuelto loco? Sólo quería acabar para hablar con ella. “Vamos, ya está casi… No me dejes aquí cerrando a mí solo… para cuando haya acabado ella ya se habrá ido”. La veía con ganas de esfumarse. Como nerviosa. Me quedaban minutos, puede que segundos antes de que saliera, sabía que lo estaba deseando, yo también había sido estudiante. Hay veces que no ves el momento de irte a tu casa tras un duro día de prácticas. Te aburres, no ves campo, sólo estás ahí como un pasmarote dándote cuenta de que estás perdiendo un tiempo valioso. Pero ella debía saber que ese día no era como los otros, tenía que saberlo porque yo lo sabía, sabía que allí había algo. ¿Le había guiñado un ojo? No estaba seguro. Puede que sí. ¿Me habría visto guiñarle? “No me hagas cerrar si no quieres que nuestro amigo se hernie mañana, ahora no sería capaz ni de abrocharme los cordones…” Pero cuando volví a mirar había desaparecido. Y después de que el jefe le firmara la ficha, ya no me quedaba esperanza alguna de que volviera.
Al final tuve que concentrarme y cerrar la incisión, pacientemente, por capas. Primero el músculo, luego la fascia… Qué dolor de cabeza el de aquel día. Necesitaba acabar ya, pero tenía que acabar bien. Aún conservaba la esperanza de encontrármela saliendo del vestuario o perdida por el área de quirófanos tratando de encontrar la salida. Cuando coloqué la última grapa, levanté la vista, cerré fuertemente los ojos un par de veces y pedí un analgésico.
- ¿Virtudes me desabrochas la bata, por favor?
Todos se volvieron en silencio. Lolo, mi compañero, que no había tenido que coser esta vez, pero se había ofrecido (día de extrema generosidad) a poner los apósitos finales sobre la herida, se colocó tras de mí de un salto y resopló en mi oído mientras me desabrochaba:
- No llames Virtudes a Maria Virtudes si no quieres que te corte la pilila con una hoja de bisturí. Toma un paracetamol pelanas, aquí no hay nada más fuerte vía oral.
Engullí el comprimido en cuanto me arranqué la mascarilla y el gorro de una vez. Odiaba los gorros de mujer pero eran los únicos que me recogían todo el pelo, y cada vez que cogía uno me sorprendía pensando en el poco tiempo del que disponía para ir a la peluquería. Tiré la bata al suelo y salí corriendo del quirófano gritando “¡Alberto Rosa! ¡Alberto Rosa! ¡¡¡Doctor Rosa!!!” Sin más rodeos, y antes de que te de tiempo a imaginarte algo peor, ahí va una breve explicación: En mi primera ayudantía como residente, mi jefe me preguntó los apellidos para apuntar mi nombre completo en el parte. Cuando escupí la palabra "Rosa" dejó de escribir, y sin dejar de mirar el papel esbozó una sonrisita y me dijo: “Muy bien Alberto, ya puedes irte, hasta mañana”. La verdad es que esperaba la peor, no habría sido la primera vez. Cuando era pequeño le preguntaba a mi padre si no le importaba que me lo cambiara a “Flores”, “que está algo más oído y aceptado, aunque no se sale del tema…” Cuando dejé el quirófano recapacité sobre el trabajo y la madurez. Encontraba admirable el hecho de que por fin hubiera caído entre Homo sapiens sapiens civilizados, y de aquéllo estaba seguro hasta que la rechoncha cabeza de mi jefe asomó por la salida y se despidió con un “¡Yuhuuuu Doctor Rossssaaaaa, ten cuidado que no se te caiga el Betadineeee!” secundado por una sonora risotada de Lolo. “Maldito chupaculos”. Muy originales, doctores Cachondos… Suerte que las noticias vuelan y la segunda vez pude responder con un ágil “¡Más quisieras, Lolo!” y le cerré esa bocaza.
Lolo pasó semana y media sin hablarme hasta que un día, preparando la instrumentación para una biopsia de ganglio inguinal, le pregunté por las pinzas de disección y él hizo un ademán para hacerme ver que me había escuchado, pero que no pensaba contestarme nunca. Le vi la pluma por primera vez cuando me volvió la cara con los ojos entornados. “No me jodas, ¿te has puesto rímel?” Así que no me quedó más remedio que coger un bote de Betadine, tirarlo ruidosamente al suelo en mitad del quirófano, y acto seguido me dispuse a recogerlo, inclinándome lentamente, poniendo el culo en pompa hasta que me dolieron todos los músculos de la espalda (qué duro es hacer una gracia a veces, todo sea por la camaradería profesional), y no pude reaccionar antes de que Lolo se me echara encima partiéndose de risa, y me embistiera contra una de las mesas de la sala, lo tiramos todo al suelo y María Virtudes se puso a gritarnos. Entre “niñatos de mierda” y “payasos ignorantes” y demás improperios que nos entraban por un oído y nos salían por el otro, Lolo y yo permanecíamos tirados en una esquina del quirófano, jugando a lanzarnos la botella de Betadine. En mitad de nuestras carcajadas, nos percatamos de que el celador ya había entrado con el paciente en cuestión, quien pudo presenciar toda la escena desde la incómoda camilla. Mirándonos con los ojos como platos, el cuello tieso y las canosas cejas arqueadas, frunció el ceño y murmuró: “Vaya dos maricas me van a ver los huevecillos”. Como comprenderás nos fue imposible dejar de reír durante esa intervención, y durante las dos siguientes, cuando nos acordábamos. Después del divertido destrozo, el Doctor Santos, nuestro jefe, se puso serio y no volvió a mencionar el asunto del Betadine, aunque seguía preguntándome por mis apellidos después de operar, decía que de alguna forma tenía que imponerse.
Volé detrás de ella, intentando reconocer esos ojos que sobre la mascarilla me habían encandilado. No pude encontrarla. No pude. Pero entendí, sorprendido, que estaba enamorado.

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