Hace muchos años nació una niña en el seno de una familia humilde y sólida. Su padre amaba a su madre y ella así le correspondía. Se conocieron una tarde soleada hacía muchos más años, cuando cruzaron miradas, y no fue hasta un tiempo después cuando cruzaron su primera palabra. Desde allí hasta ahora siguen siendo esos niños que se miraron y quisieron al mismo tiempo.
Esa niña creció enredada a sus padres y sus historias. Admiraba a su padre por su cultura, su preocupación por los detalles y su capacidad de cambio para adaptarse a los malos momentos. A su madre por su fuerza de voluntad, su sentido del humor y su empatía. Y admiraba a los dos juntos como a una sola persona que reunía todas esas cualidades.
Comenzó a leer libros a edad muy temprana, libros cómicos y de aventuras, libros para niños y algunos para adultos. Eran su ventana para comprender un mundo al que ella aún no pertenecía, pero se moría por hacerlo. Su curiosidad era demasiado grande. De esos libros sobre animales de granja y clases de instituto saltó a la intriga, el terror y las relaciones humanas, la vida cotidiana, historias de amor y desamor en las que el primero vencía en todas las ocasiones, como observaba en su día a día. Y nunca se preguntó por qué aquéllo tenía siempre lugar, porque simplemente no era una pregunta que concibiera formularse.
Aún era muy joven cuando comenzó a escribir libros en su mente, en los que ella era la protagonista. Cuentos en los que, como una vez su madre y todas aquellas mujeres de sus historias favoritas vivieron, cruzaba con alguien una mirada y lo quiso al mismo tiempo. Ese hombre era siempre bueno como su padre y a veces no tan bueno, pero su amor por ella lo hacía cambiar. Ella pensaba que tenía que haber alguien en su mundo que se daría cuenta de quién era ella, como ocurría en los libros, la persona que lo haría feliz, sólo por ser como era.
Creció impacientada por cumplir sus fantasías, cerró un día los libros y salió a la calle, iluminada, ingenua y feliz, porque por fin iba a vivir en persona todo lo que ya vivió dentro de sus ideas. Qué excitante fue cuando cruzó su mirada y quiso al mismo tiempo a su primer amor. Sin hablar, sin una seña o saludo, pero se iba plena y esperanzada a dormir cada noche, alimentada por la fantasía de que el día siguiente iba a ser ese día, el día en que cruzarían su primera palabra y de allí nacería todo lo demás. El despertar era el momento más feliz, porque amanecía con la esperanza renovada, cargada y completa, y ésta no hacía más que envejecer, agotarse y disminuir conforme pasaban las horas. Pero la niña sabía que en la noche iba a dormir para despertar otra vez expectante, pensando en él, la mañana siguiente. Tras un largo año de risas matutinas y llantos vespertinos, la personalidad de la joven fue quebrándose poco a poco. Sentía que ya no era tan feliz por las mañanas porque ya no confiaba en que aquél fuera el día, y cada vez se iba a la cama más triste porque sabía que a la mañana siguiente iba a estarlo más aún.
Entonces pasaron los años y ya no volvió a verlo. Pero ella recuperó su vitalidad dándose un baño diario en los cuentos que recreaba en su mente, donde se sentía protegida y realizada. En su cabeza creó al hombre que la quería, con un porte formado a retazos de otros hombres a los que admiraba y una forma de ser algo difícil, pero moldeable y buena, en el fondo.
Una fría noche esa joven cruzó otra mirada y volvió a querer, después de tanto tiempo encerrada en su cabeza. Pero tanto quiso que tuvo miedo de perder, como la vez anterior. Y tan curiosa e impaciente se había criado, que no tuvo otra más que cruzar a la vez su primera palabra, rompiendo el mágico cuento que sus padres habían vivido. Desde allí hasta un año después no fueron los niños que se miraron y quisieron al mismo tiempo, si no la niña que quiso a alguien que en realidad no la quería, pero ella se conformaba con estar cerca de él. Porque él reunía todas aquellas maravillosas cualidades que el compañero perfecto debía reunir, salvo la más importante de todas, ser su compañero. Durante todo aquel año ella no fue ella, fue quien él quiso. Porque ella no podría vivir si él algún día la dejara por no ser quien él deseó. Y constantemente se esforzaba, día tras día, mes tras mes, hasta que él se marchó, casi por sorpresa, y no la quiso en su futuro. Cuando, en la mente de la joven niña, eso nunca podía pasar. No lo comprendía. Su padre nunca se había ido. Ni el hombre de sus historias. Así que se vio obligada a volver con ese hombre durante un tiempo, porque él nunca la abandonaba y le hacía sentir bien. Pero este amante imaginario se volvió un ser absorbente y modélico, ideal y perfecto, y ella se hizo totalmente dependiente de él. No quería a nadie más que al hombre de su cabeza.
Años más tarde despertó y volvió a salir, y esta vez cruzó una mirada con alguien a quien no amó al mismo tiempo. Pero a quien se esforzó por amar. Decidió dedicarse a él porque él era un compañero, aunque no fuera ninguna de las demás cosas que ella quería que fuera. Lo intentó. Mucho. Él la quería. Ella era ella porque él la quería así. Pero un día, después de dos oportunidades y mil noches de lucha contra su amante imaginario, quien celoso, no le permitía amar a otro que no fuera él, éste venció la batalla y ella se rindió. Y decidió abandonar la lucha para seguir el borroso camino que la guiaría hasta Él, quien la esperaría en carne y hueso detrás de una cortina de humo.
Y un día el humo abarcó una dura etapa de su vida en la que las preocupaciones la abrumaban y el temor al fracaso la estrangulaba. Por ese motivo ella pensó que el hombre que apareció como por arte de magia detrás de todo ese caos era Él, en persona, tal y como ella lo imaginaba. Era perfecto, a simple vista. Pero en realidad, de ese hombre de sus sueños, era tan sólo la fachada, una proyección, un holograma, vacío en su interior. Y como el espejismo que fue, la hizo sentir bien y la sacó de ese abismo, llenando su vida de banalidades, drogas y promesas, y en escasos meses se esfumó, para hacer feliz y desdichada a otra mujer, y luego a otra y a otra.
Esa niña que sin querer se hizo mujer, se fue ese día a la cama y no tuvo sueños esa noche. Ni la noche siguiente. Y jamás se permitió volver a soñar despierta. Encerró a aquel hombre de sus historias en un resquicio de su memoria y se tragó la llave. Admiraba a su padre por su constancia, su inteligencia y su ingenuidad, y a su madre por su paciencia, sus consejos y su dedicación, y aún los admiraba como a una sola persona que reunía todas aquellas cualidades. Pero ella ya no quería eso. Sabía que era cosa de ellos, algo único por lo que no valía la pena que ella luchara.
Entonces un día salió a la calle. Sin pensar y sin querer. Con prisa y con miles de notas en su cabeza. Notas sin hombres ni amor. Pero en contra de su voluntad cruzó una mirada y quiso al mismo tiempo. Aunque ella no quería.
Ella temía a aquel hombre, pues se parecía al de sus sueños. No era bueno, pero sí difícil. Moldeable, en el fondo. La quería, tal y como ella era. Compleja e insegura, muy diferente a la niña que tanto leía en su habitación. Ya no tenía esperanza pero sí miedo. Y ella no debió cambiar por él, ni quería hacerlo. Porque, a pesar de todo, él la quería.
Pasó el tiempo y ella comenzó a soñar de nuevo, cuando se acostaba junto a él. Soñaba que el hombre de sus sueños recuperaba la llave y salía de su calabozo para llevarla con él, y ella se despertaba sobresaltada. Le tenía mucho miedo. Pero al abrir los ojos allí lo encontraba, en carne y hueso, tumbado a su lado. Y parecía tierno e inofensivo. Así que ella tomó la decisión de dejarse llevar y ya no se reprimió. Volvió a soñar con historias de amor y desamor, en las que el primero siempre vencía y de las que ella era la protagonista. Ella junto a él. Las dificultades surgían y se superaban, casi sin esfuerzo, porque valía la pena. Hasta que una de ellas los superó. Él se marchó y ella no pudo ir con él. Pero esa fantasía que poco a poco se había ido formando a lo largo de los meses, esos sueños que ella soñaba cuando dormía junto a él, pasaron a ser, un día que ella no recuerda, su nueva realidad, y le despegaron los pies del suelo. Se ofreció a esperarle con paciencia, porque valía la pena. Le ofreció fidelidad y amor incondicional. Le ofreció ser incluso hasta lo que no podía ser. Porque ella pensaba que valía la pena. Pero él no le correspondió y fue muy duro con ella.
Esa mujer volvió cabizbaja a su cama, demasiado grande sin él, y esa noche no soñó. Ni la siguiente. Ni la otra.
Y un día no muy lejano despertará, después de un sueño sin sueño, y volverá a cruzar una mirada y querer al mismo tiempo, aunque ella para nada quiera.

Romántico y duro al mismo tiempo.Amores e ideales.Plantea el eterno debate de..¿por qué las mujeres intentan cambiar a los tios malos en vez de elegir a los buenos?Hace tiempo me lo preguntaba, hasta que comprendí...que da igual entenderlo o no,eso es así.
ResponderEliminarNEW YORK TIMES
Muy buenas Erika (soy Javi López, aunque en estos espacios me hago llamar Dick).
ResponderEliminarLa historia que has narrado es condenadamente triste. Me temo que esté basada en hechos reales, porque de ser así, has debido sufrir mucho.
De todas formas, nunca dejes de soñar como la niña de tu historia. Tu estilo de escritura es llano, sencillo, y eso me gusta más que si llenaras las frases de palabras huecas como los políticos.
Seguiré leyendo tus cosicas por aquí.
Un beso